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Natural y bisexual

Historia de la fotografía de falsas lesbianas según Dian Hanson

“Like Bad Girls Should” de Akif Hakan Celebi.
“Like Bad Girls Should” de Akif Hakan Celebi.
Del libro The Sixties de Kishin Shinoyama.
Del libro The Sixties de Kishin Shinoyama.
Bettie Page cabalga triunfal sobre su oponente derrotada en un combate de lucha libre para Irving Klaw, c. 1955.
Bettie Page cabalga triunfal sobre su oponente derrotada en un combate de lucha libre para Irving Klaw, c. 1955.
La revista Lesbiana (1968) combinaba la curiosidad bisexual y el bondage.
La revista Lesbiana (1968) combinaba la curiosidad bisexual y el bondage.
Por Dian Hanson

En Nueva York, en 1980, todas las mujeres eran bisexuales. Todos los clubes sexuales dejaban que las mujeres entraran gratis, o a cambio de una cuota simbólica, y vetaban a los hombres solteros para favorecer los tríos entre las mujeres supuestamente bisexuales y las parejas liberales. Era todo muy moderno, lo más de lo más, aunque estos mismos clubes prohibieran la entrada a los hombres bisexuales.

Pero, de vez en cuando, la perfecta apariencia de sofisticación sexual se venía abajo. Recuerdo la sorpresa y la crítica social que despertó la negativa de la estrella del porno Seka a tener sexo con otra mujer en el club Plato's Retreat.

“No está de humor”, argumentó su marido, avergonzado, pero Seka lo dejó claro: “A mí no me gustan las mujeres. Sólo lo hago ante la cámara”. Nos quedamos sin palabras y encantadas —en secreto, eso sí— al ver que alguien de su nivel en el mundo del sexo se atrevía a decir lo que muchas sentíamos. Básicamente, la mayoría nos lo montábamos con otras mujeres porque ponía frenéticos a los hombres, algo que todo el mundo sabía pero nadie reconocía.

Nos dimos cuenta de eso en los años setenta, cuando las feministas defensoras del sexo positivo reclamaron nuestro derecho al orgasmo y las feministas lesbianas propusieron que las chicas mantuvieran sexo entre ellas como un imperativo entre hermanas.

En los setenta, la curiosidad bisexual de las mujeres heterosexuales prometía poder y aventura, al tiempo que fastidiaba tanto al Macho como a los hombres que no lo aprobaban. Sin embargo, muchos estaban encantados con experimentaciones de ese tipo, sobre todo si eso significaba que su novia traería a casa a otra chica heterosexual para practicar algún tipo de unión vaginal extrema.

A otros hombres, sobre todo mayores y firmes defensores de la sumisión de la mujer al todopoderoso falo, esta rebelión bisexual les parecía más alarmante. Norman Mailer se sintió tan indignado por el libro Política sexual, de Kate Millett, publicado en 1969, que escribió El prisionero del sexo a modo de réplica. Se publicó un extracto cargado de argumentos en la revista Harper's, en marzo de 1971, y un mes después el Theater For Ideas de Shirley Broughton organizó un enfrentamiento entre el orgulloso cerdo machista y cuatro destacadas feministas. Todo el mundo sabía que habría pelea, pero lo que llegó a los titulares no fueron las réplicas hostiles e ingeniosas sino el besuqueo lésbico. Así lo plasmó Playboy: “En cuanto Jill Johnston concluyó su alegato apasionado y cargado de humor en defensa de sus preferencias sexuales (‘Todas las mujeres somos lesbianas, excepto las que aún no lo saben...’), una amiga saltó al escenario. Jill y ella se abrazaron, se les unió una tercera hermana de Safo y las tres se acariciaron cariñosamente mientras rodaban por el suelo...

“Mailer, en el culmen de la incomprensión, espetó: ‘¡Venga, Jill, sé una dama!’ En ese momento, apenas podía verse a Jill bajo los cuerpos de sus amigas”.

Cabe suponer que Playboy, que en 1971 tenía dificultades para tomar posición en la liberación de la mujer, no habría dedicado ni media plana a Town Bloody Hall, como llegó a llamarse, si no fuera por esa excitante escena entre chicas. Johnston, de 42 años, no era joven ni especialmente atractiva, pero se lo estaba montando con otras dos mujeres en público y, aunque a Mailer no, a los hombres les tenía que gustar.

En 1971 yo tenía 19 años. Era ingenua y me acababa de casar con un hombre al que todo el tema lésbico le parecía tan fascinante que me hizo peinarme y vestirme como un marimacho con la esperanza de vivir una aventura bisexual. Pero mi caso no era el único. En todas partes a mi alrededor había mujeres a las que se empujaba de forma parecida hacia las entrepiernas de sus congéneres, primero por parte del feminismo y luego por sus maridos o novios, por la emergente industria pornográfica e incluso por la comunidad científica, que empezó a afirmar con asiduidad que la bisexualidad era el estado natural de la mujer.

Y lo natural estaba de moda en esa época. Aunque no todas sintiéramos el mismo cosquilleo al besar a una mujer que a un hombre, tampoco nos parecía repulsivo del modo en que los hombres afirmaban sentirse respecto al contacto con otro varón. Quizá fue todo este melodrama, las afirmaciones entre náuseas y arcadas de que un “trasero peludo” nunca podría excitarlos, lo que nos hizo aceptar lo que los hombres creían sobre nuestra naturaleza innata. Las chicas no nos provocaban arcadas y, como la tercera parte de las mujeres no llegaba al orgasmo con nadie —una triste constante durante décadas—, muchas pensaron que con no tener arcadas ya era suficiente. ¡Y eso hacía tan felices a los hombres...! Les alegraba y les excitaba tanto que se les podía manipular para que hicieran casi cualquier cosa con tal de que les dejasen mirar.

Un poder que parecía pedir maltrato. Fue en la década de 1970 cuando la explotación sexual se convirtió en porno y los actores porno se convirtieron en estrellas.

Las mujeres liberadas descubrieron que podían ganar dinero a costa de las tendencias voyeristas de los hombres y el dinero más fácil procedía de las escenas entre chicas, un clásico en todas las películas porno de los setenta, desde Garganta profunda hasta Una aventura muy caliente. Algunas actrices no fueron más allá y se forjaron carreras de éxito basadas en la provocación lésbica.

“Carrera” fue la palabra clave de principios de la década de 1980, cuando la diversión de la década anterior se convirtió en un negocio. Los sueldos en la industria del porno subieron, aunque también los gastos, ya que se esperaba que las actrices mejorasen su aspecto, muchas veces gracias a la cirugía. Las fiestas de intercambio de parejas en la ciudad de Nueva York se transformaron en clubes de intercambio cuya entrada costaba 50 dólares. También proliferaron los clubes sadomasoquistas que ofrecían mazmorras bien equipadas por un suculento precio de entrada. Aunque no era gratuito, el sexo era tan accesible que los locales competían en variedad y extremismo. La presencia de famosos era buena para el negocio, al igual que las actuaciones especializadas, como la penetración con muñón que se hacía en el Hellfire Club, en el Meatpacking District, cuando las calles aún estaban inundadas de sebo. En vista del alegre desenfreno nocturno, fue comprensible el revuelo que causó la negativa de Seka (¿recuerdan a Seka?) a participar en un sencillo episodio de cunnilingus mutuo, tan común y corriente. Era como decir que uno no tomaba afrodisíacos o “No, gracias. Paso de la cocaína”. En 1973, eso habría sido como darle una bofetada en la cara a la solidaridad entre las mujeres, pero en 1980, mirándolo en perspectiva, era un golpe al patriarcado.

Porque esto es lo que pronto le sucedió a la experimentación lésbica liberada: que los chicos tomaron el control. No pudieron resistirse. Por fin las mujeres ofrecían la mejor fantasía y, ¿quién podía confiar en que no lo estropearían? El estímulo se convirtió en presión y la gratitud se transformó en exigencia. El porno pasó de ser divertido y amateur a predecible y profesional.

Las feministas dejaron de participar y empezaron a manifestarse en contra del porno. En 1984, a todo esto se sumó el sida. Murieron jóvenes, los clubes sexuales cerraron, las parejas aficionadas a los intercambios volvieron a su hogares en Jersey, la estrella del muñón guardó el lubricante y las chicas volvieron a besar a chicos. Los últimos años de la década de 1980 fueron de lo peor, pero todo tiene un fin.

Las vacaciones de primavera tal como las conocemos, en las que los universitarios invaden una ciudad turística para beber, vomitar, ligar, hacerse tatuajes estúpidos y desmayarse en público, empezaron en la década de 1960, con Donde hay chicos hay chicas (Playas de Florida), una película sobre unas universitarias de vacaciones en Fort Lauderdale, Florida. La primavera posterior al estreno de la película más de 50.000 jóvenes se reunieron en Lauderdale; en 1980 ya eran 200.000. Entonces llegó la horrible época de mediados de los ochenta para aguar la fiesta. La ciudad elevó la edad mínima para beber, limitó el tamaño de las fiestas y desplazó a las multitudes hacia South Padre Island (Texas), Panama City (Florida) y Cancún (México).

En estos refugios seguros, los turistas evolucionaron sin que nadie —excepto ellos mismos— les molestase, creando sus propios rituales y costumbres arcanos: los chupitos de gelatina, los juegos para beber, los tatuajes en la parte baja de la espalda, los concursos de biquinis y camisetas mojadas, las exhibiciones de pechos masivas y, a principios de la década de 1990, el lesbianismo de competición. Esta última práctica fue evolucionando de forma natural: primero dos chicas se besaban; otras dos pasaban a las caricias en los pechos; dos más simulaban un coito y la acción iba subiendo de tono con los aullidos de aprobación de los chicos.

El juego se mantuvo en el ámbito amateur hasta 1997, cuando el emprendedor Joe Francis compró un vídeo en el que unas chicas mostraban sus pechos y se lo montaban durante las vacaciones de primavera. Girls Gone Wild acababa de nacer, lo que supuso un feliz regreso al exhibicionismo sexual fomentado por el alcohol. Los vídeos, que se vendían en la teletienda, reportaron más de 20 millones de dólares en los dos primeros años. Por supuesto, como siempre sucede con las fortunas basadas en la indiscreción, el negocio acabó con numerosas denuncias, tanto civiles como criminales, que supusieron graves multas y condenas de prisión para Francis (consejo legal: no sugiera que “debería practicarse la eutanasia” a los miembros del jurado), pero dejó atrás un tesoro de 13 gloriosos años de fiestas bisexuales.

Y esto nos lleva hasta el año 2010, una década idónea para que las chicas se desmelenen. Imagínese: en 2011 los investigadores de la Boise State University —nada menos que en la ciudad de Boise (Idaho), uno de los 12 estados que aún prohíben la sodomía— declararon, como ya se hizo en los setenta, que las mujeres son bisexuales por naturaleza. Un 60 % de las 484 participantes afirmó que se sentían atraídas por las mujeres, además de por los hombres, y un 45 % había besado a una mujer. La profesora de psicología Elizabeth Morgan afirmó: “Se alienta a las mujeres a que establezcan vínculos emocionales. Esto podría dar lugar a la aparición de sentimientos románticos”. Y, al parecer, ése ha sido el caso de un número cada vez mayor de celebridades. En la última década, Christina Aguilera, Azealia Banks, Drew Barrymore, Cara Delevingne, Cameron Diaz, Fergie, Megan Fox, Lady Gaga, Amber Heard, Angelina Jolie, Miranda Kerr, Kesha, Bai Ling, Lindsey Lohan, Madonna, Demi Moore, Anna Paquin, Michelle Rodriguez, Amber Rose, Evan Rachel Wood e incluso Snooki y JWoww, del programa Jersey Shore, han declarado orgullosas que son bisexuales.

La industria televisiva ha respondido ofreciendo numerosas oportunidades para expresar la bisexualidad. La serie The L Word (L, en España), emitida de 2004 a 2009 en Estados Unidos, la protagonizaban un grupo de amigas sumamente atractivas e inspiró en 2010 The Real L Word: Los Angeles, que trata sobre otro grupo de lesbianas también muy atractivas. Ese mismo año, desde Canadá, llegó Lost Girl, serie protagonizada por una adolescente súcubo bisexual programada para alimentarse de la lujuria humana. Para no ser menos, el canal inglés de televisión Channel 4 estrenó Bi-Curious Me en 2013, un reality sobre tres hermosas mujeres que exploran sus opciones con personas del mismo sexo. En la actualidad, en Estados Unidos, series de máxima audiencia como The Good Wife, House of Lies y Orange Is The New Black están protagonizadas por heroínas fuertes, guapas y bisexuales. Todas ellas toman prestado algún detalle de la pionera bisexual en las horas de más audiencia, Olivia Wilde, que empezó como una adolescente bisexual en The O.C. en 2004 y luego pasó a interpretar a Trece, una bisexual atormentada y sexy, en House. Puede que no resultara muy creíble como doctora, pero ¿qué hombre puso en duda sus escenas amorosas?

Efectivamente, la televisión ha sacado mucho partido a las escenas entre chicas. A las mujeres bisexuales siempre se las retrata como personas elegantes, hermosas, inteligentes e independientes. Básicamente son modelos a seguir por todas las jovencitas impresionables. Gracias a esta hábil manipulación mediática las mujeres aceptan ahora el paradigma bisexual con el mismo entusiasmo que en la década de 1970, pero sin sus connotaciones políticas; la experiencia de los ochenta, pero sin los clubes de intercambio; y el abandono de los noventa, aunque sin la resaca. Un hombre sólo tiene que teclear “bisexual sexy” en su motor de búsqueda para encontrar el material necesario que alimente sus fantasías con tríos.

Por supuesto, el trío en sí mismo queda lejos, pero no pierdan la esperanza: nunca se sabe hasta dónde puede llegar este tema, en vista del fuerte empuje de los medios de comunicación al respecto. Sólo hay que fijarse en la trayectoria del último producto mediático, Miley Cyrus: fotografiada por primera vez simulando besar a una chica a los 14 años; en un profundo beso con lengua en Britain’s Got Talent a los 17; desvelando su bisexualidad a su novio, Patrick Schwarzenegger, a los 21 (él lo describió como un “tremendo subidón”), y finalmente anunciando su bisexualidad al mundo a los 22. Evidentemente, una vez juegas la baza de la bisexualidad, el truco está en que no se gire en tu contra: Miley explicó a la revista OUT en mayo de 2015 que tenía que ser “libre para serlo todo”, insinuando que era muy flexible respecto a su identidad de género, una tendencia que está muy de moda, aunque supera un poco las fantasías del hombre medio. Aun así, hay que sacarle el máximo partido a la vida en este mundo tan loco y, si el precio por un trío es ver a Miley con un consolador atado a la cintura, ¿de veras dejaría pasar la oportunidad?