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Vidas desplazadas

Sebastião Salgado aborda las fuerzas globales que empujan a la gente a abandonar sus hogares

Kabul se ha quedado sin gran parte de su población. Cada facción armada que ha conquistado una parte o la totalidad de la ciudad ha provocado un éxodo. Y en la actualidad quedan pocos lugares donde vivir. Cuando los rusos abandonaron Afganistán a finales de la década de 1980, Kabul seguía más o menos intacta. Pero después de las numerosas batallas de su guerra civil intermitente, la ciudad ha quedado en ruinas. Esta fotografía muestra el aspecto actual de la otrora prestigiosa avenida Jade Maiwan, 1996.
Kabul se ha quedado sin gran parte de su población. Cada facción armada que ha conquistado una parte o la totalidad de la ciudad ha provocado un éxodo. Y en la actualidad quedan pocos lugares donde vivir. Cuando los rusos abandonaron Afganistán a finales de la década de 1980, Kabul seguía más o menos intacta. Pero después de las numerosas batallas de su guerra civil intermitente, la ciudad ha quedado en ruinas. Esta fotografía muestra el aspecto actual de la otrora prestigiosa avenida Jade Maiwan, 1996.
Campesinos sin tierra, plantación Giacometti, estado de Paraná, Brasil, 1996.
Campesinos sin tierra, plantación Giacometti, estado de Paraná, Brasil, 1996.
“A lo largo de mis distintos reportajes había sido testigo de tantas tragedias que creía que ya me había acostumbrado, pero no esperaba encontrar tanta violencia, odio y brutalidad.”Sebastião Salgado

Ha pasado casi una generación desde que este libro fue publicado por primera vez; sin embargo, el mundo ha cambiado poco en demasiados sentidos: la pobreza, los desastres naturales, la violencia y la guerra siguen obligando a millones de personas a abandonar sus hogares todos los años. En algunos casos, no consiguen pasar de los campos de refugiados, que crecen rápidamente hasta convertirse en pequeñas ciudades; en otros, se juegan sus ahorros e incluso sus vidas por el sueño de llegar a la mítica tierra prometida. Los migrantes y refugiados de hoy pueden ser el producto de nuevas crisis, pero la desesperación y los rayos de esperanza escritos en sus rostros no difieren mucho de los recogidos en estas páginas.

No obstante, en una región del mundo el cambio ha llegado a una velocidad espectacular y con consecuencias impredecibles. En la década de 1990, China y la India ya estaban experimentando la migración masiva de los habitantes del campo a la ciudad, mientras que los Estados Unidos hacía mucho que eran un imán para mexicanos y otros latinoamericanos. Pero Europa no estaba en absoluto preparada para la gran ola de migrantes y refugiados de Oriente Medio que llegaron a sus puertas en 2015. De la noche a la mañana, las tragedias humanas que los europeos veían desarrollarse en tierras lejanas desde la seguridad de sus hogares habían alcanzado sus calles y las aguas que bañan sus costas.

Como siempre, los catalizadores que pusieron en marcha este repentino movimiento de los pueblos se encontraban lejos de las ciudades y los países donde los migrantes buscaron refugio. En este caso, las invasiones encabezadas por los Estados Unidos en Afganistán e Iraq provocaron la radicalización inicial de las poblaciones musulmanas en una docena de países. A esto siguió la tristemente mal llamada Primavera Árabe, que ofrecía una falsa promesa de esperanza a países que durante mucho tiempo habían vivido bajo regímenes dictatoriales. Y cuando estas revoluciones fracasaron en todas partes excepto en Túnez, muchos musulmanes eligieron Europa como lugar donde refugiarse.

La inmigración como tal no era una novedad en el Viejo Continente. Desde los años cincuenta hasta los setenta, Europa había dado la bienvenida a mano de obra barata: en el Reino Unido y Francia, proveniente de sus antiguas colonias; en Alemania, de Turquía y la antigua Yugoslavia. Luego, a partir de la década de 1980, a medida que las puertas fueron cerrándose gradualmente a los extranjeros no occidentales, la inmigración ilegal aumentó, apareciendo los primeros “refugiados del mar”, árabes y africanos subsaharianos que intentaban llegar a España e Italia a través del Mediterráneo.

Pero la guerra en Siria provocó una crisis de refugiados de unas dimensiones sin precedentes, con civiles convertidos en víctimas inevitables de una lucha por el poder en la que están implicados diversos actores: rebeldes apoyados por países occidentales, separatistas kurdos, el Estado Islámico y la asediada dictadura de Bashar al-Assad. Al principio, pareció que el problema había podido “contenerse” cuando millones de sirios huidos fueron llenando los campos de refugiados de Jordania, el Líbano y Turquía. Pero a medida que las condiciones en estos campos se deterioraban, prendió en ellos la idea de cruzar al otro lado. Y a partir de la primavera de 2015, el flujo de refugiados que se dirigían a Europa se convirtió en toda una inundación: barcos cargados de familias acudían diariamente desde Turquía hasta las islas griegas y un número creciente de personas morían ahogadas después de volcar los botes en los que se amontonaban.

Durante meses, los europeos se enfrentaron al doloroso espectáculo de cientos de miles de migrantes caminando penosamente campo a través, bloqueados durante días en las fronteras y pidiendo ayuda. Y entre ellos no sólo había hombres jóvenes, sino también parejas de ancianos, mujeres, niños e incluso bebés en cochecitos, con sus esperanzas todavía vivas por la promesa alemana de recibirlos. Pero mientras Alemania y Suecia han acogido a cerca de un millón de inmigrantes, gran parte de Europa les ha dado la espalda por temor a una reacción xenófoba de los grupos de extrema derecha, que incluso en Alemania y Suecia no han tardado en acosar a los refugiados.

Una de las complicaciones ha sido que, entre los sirios que huían, también había mucha gente de Iraq, Afganistán, Pakistán, Eritrea y otros estados cuasi fallidos que aprovecharon esta oportunidad única en la vida para encontrar trabajo en Europa. Y para empeorar las cosas, la Unión Europea se ha mostrado incapaz de persuadir a ninguno de sus miembros para que compartiera la carga de acoger a los sirios o para que se creara un sistema ordenado con el que distinguir los verdaderos refugiados de los inmigrantes económicos. El resultado es que Europa es cada vez más reacia a recibir a aquellos que huyen de la guerra y la opresión.

Otros países desarrollados no se han mostrado más hospitalarios. Hoy hay un número mucho menor de mexicanos intentando entrar en los Estados Unidos, pero han sido sustituidos por guatemaltecos, salvadoreños y hondureños que intentan escapar de las guerras entre bandas de narcotraficantes que sufren en sus países. Los estadounidenses se sorprendieron al descubrir que un gran número de niños hondureños estaban cruzando México para intentar entrar en los Estados Unidos por su propia cuenta. Pero la respuesta de Washington ha sido presionar a México para que refuerce sus fronteras con Centroamérica. Así, en cierto modo, la nueva frontera estadounidense pasa a estar situada más de tres mil kilómetros al sur.

Desde la publicación de este libro, el foco de atención mundial puede haber cambiado, pero el fenómeno sigue siendo el mismo. Lo que se olvida a menudo es que la razón por la que la mayoría de las personas emigran es la pura necesidad. Ir a una ciudad lejana o un país extranjero implica grandes riesgos: privaciones, soledad e incluso la hostilidad de la sociedad de acogida. Pero mientras la pobreza rural persista, las dictaduras repriman a los pueblos y las guerras civiles sigan causando estragos, el instinto de supervivencia seguirá empujando a las personas lejos de sus hogares en busca de seguridad y una vida mejor. Este libro cuenta su historia.

París, marzo de 2016

© todas las imágenes: Sebastião Salgado / Amazonas Images