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Bajo los efectos del ácido

Tom Wolfe recorre San Francisco en la enloquecida camioneta de los Merry Pranksters

Fotografía con luz estroboscópica en el estudio de Lawrence Schiller en Sunset Boulevard. Aparecen Paul Foster (centro), de los Pranksters, sus compañeros y los miembros de Grateful Dead. La imagen encabezaba el artículo de portada que la revista Life dedicó al LSD en su número del 25 de marzo de 1966. Foto: Lawrence Schiller
Fotografía con luz estroboscópica en el estudio de Lawrence Schiller en Sunset Boulevard. Aparecen Paul Foster (centro), de los Pranksters, sus compañeros y los miembros de Grateful Dead. La imagen encabezaba el artículo de portada que la revista Life dedicó al LSD en su número del 25 de marzo de 1966. Foto: Lawrence Schiller
Tom Wolfe con Jerry García y el representante de Grateful Dead, Roca Scully, en la esquina de Haight and Ashbury. San Francisco, 1966. Foto de Ted Streshinsky. © 2016 The Estate of Ted Streshinsky
Tom Wolfe con Jerry García y el representante de Grateful Dead, Roca Scully, en la esquina de Haight and Ashbury. San Francisco, 1966. Foto de Ted Streshinsky. © 2016 The Estate of Ted Streshinsky
El viaje de Tom Wolfe que definió a la generación de la psicodelia de los años sesenta, publicado en impresión tipográfica con fotografías de Lawrence Schiller y Ted Streshinsky y material documental de la era del ácido.

Bien pensado, Cool Breeze. Cool Breeze es un chico con una barba de tres o cuatro días. Está sentado a mi lado sobre el metal abollado de la parte trasera de una camioneta. Vamos botando. Arriba y abajo, meciéndonos sobre las podridas ballestas como en un barco. Por detrás, la ciudad de San Francisco brinca colina abajo, una serie interminable de ventanas saledizas y arrabales dispuestos escalonadamente, brincando y desparramándose cuesta abajo. Uno tras otro, letreros de neón con copas de martini iluminadas, el símbolo que identifica a los bares en San Francisco. Miles de copas de martini de color magenta brincando y desparramándose por la colina, y debajo de ellas cientos, miles de personas dándose la vuelta para observar esta maldita camioneta enloquecida en la que estamos, sus caras blancas emergiendo de entre las solapas de sus chaquetas como malvaviscos (brincando y desparramándose por la colina), y Dios sabe que tienen mucho en lo que fijarse.

Por eso me parece divertido que Cool Breeze diga muy en serio, por encima del estruendo general:
—No sé... Cuando Kesey salga no sé si puedo pasarme por el almacén.
—¿Por qué no?
—Bueno, como la poli va a dejarse caer en busca de jaleo y yo estoy en libertad condicional, pues no sé.
Muy bien pensado, Cool Breeze. No provocar a la pasma.

Permanecer escondido, como en este momento. En este momento Cool Breeze tiene tanto miedo a la ley que está sentado a la vista de miles de ciudadanos ya lo bastante sorprendidos, tocado con una especie de sombrero de los Siete Enanitos del Bosque cubierto de plumas y colores fosforescentes. De rodillas en la camioneta, enfrente de nosotros y también a la vista de todo el mundo, hay una chica medio india ottawa llamada Lois Jennings, con la cabeza echada hacia atrás y una expresión radiante en el rostro. Lleva un disco plateado muy brillante en plena frente que lanza destellos de luz cuando el sol lo alcanza o emite un arcoíris cuando la luz incide en las líneas de difracción. Y, oh sí, tiene una Colt de cañón largo del calibre 45 en la mano, pero nadie en la calle adivinaría que es una pistola de fogueo mientras apunta con ella, bang, bang, a los malvaviscos que asoman como Debra Paget en..., en...
—¡Kesey va a salir de la cárcel!

Y con el vaivén de la camioneta, lanzando destellos de rojo plateado y colores fosforescentes, tengo serias dudas, Cool Breeze, de que hoy haya un solo policía en todo San Francisco que no sepa que esta camioneta de locos es una patrulla guerrillera del temido LSD.

Los policías ya conocen la escena: los atuendos, las melenas tipo Jesucristo, los abalorios y bandas para la cabeza indios, los collares de cuentas de cerámica, las campanillas orientales, los amuletos, los mandalas, los ojos de Dios, los chalecos fosforescentes, los cuernos de unicornio, las camisetas de Errol Flynn... pero todavía no saben nada acerca de los zapatos.

Los colgados tienen su propia opinión respecto a los zapatos. Los peores son los zapatos negros y brillantes con cordones. A partir de ahí se sube en la jerarquía, si bien la práctica totalidad de los zapatos de corte bajo están fuera de onda. En lo más alto se encuentran las botas que les gustan a los colgados: botas brillantes; de fantasía; botas inglesas si no hay otra cosa, aunque prefieren botas camperas cosidas a mano de puntera. Así que ahí estaban los zapatos del FBI —negros, brillantes y con los cordones anudados— cuando el FBI atrapَ finalmente a Kesey. Hay otra chica en la parte trasera de la camioneta, una muchachita morena de pelo negro y espeso llamada Black Maria. Parece mexicana, pero me habla con un suave y claro acento californiano:
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El 2 de marzo.
—Piscis —dice ella. Y luego: —Nunca te habría tomado por un Piscis.
—¿Por qué?
—Pareces demasiado... sَlido para ser Piscis.
Pero yo sé que quiere decir estَlido. Estoy empezando a sentirme estَlido. Tengo que decirte, Black Maria, que en Nueva York se me conoce por ser algo parecido a un tío enrollado. Pero de alguna manera un blazer de seda azul y una enorme corbata con payasos y... un... par de zapatos de corte bajo negros y brillantes no se ajustan del todo a las normas de etiqueta del universo colgado de San Francisco...

Mientras tanto, milagrosamente, los tres jَvenes abogados de Kesey, Pat Hallinan, Brian Rohan y Paul Robertson, estaban a punto de sacar a Kesey bajo fianza. Habían asegurado a los jueces, en San Mateo y San Francisco, que el señor Kesey tenía en mente un proyecto de gran relevancia pْblica. Había regresado del exilio con el propósito expreso de celebrar un gran encuentro entre colgados y hippies en el Winterland Arena de San Francisco con el fin de decirle a los jóvenes que dejaran de tomar LSD porque era peligroso y podía licuarles el cerebro, etc. Iba a ser una ceremonia de “licenciatura del ácido”. Les diría que tenían que “superar el ácido...”. A su vez, seis amigos cercanos de Kesey de la zona de Palo Alto habían puesto sus casas como garantía de la fianza de 35.000 dólares que había establecido el tribunal del Condado de San Mateo. Supongo que los tribunales se imaginaban que tenían a Kesey cogido. Si se fugaba estando bajo fianza, les estaría haciendo una jugada tan sucia a sus amigos, que perderían sus casas, que Kesey caería en el descrédito como apóstol de las drogas o como cualquier otra cosa. Si no lo hacía, se vería obligado a dar su charla a los jóvenes, y eso que se ganaba. En cualquier caso, Kesey iba a salir.

Pero este guión no era muy popular en Haight-Ashbury. Pronto me di cuenta de que los colgados eran ya tan populares en San Francisco que el regreso de Kesey y su historia de “superar el ácido” provocaría la primera gran crisis política entre los colgados. Todos los ojos estaban puestos en Kesey y su grupo, conocido como los Merry Pranksters (los ‘alegres bromistas’).

Miles de chicos se trasladaban a San Francisco para tener una vida basada en el LSD y la cosa psicodélica. Cosa era el término abstracto más importante en Haight-Ashbury. Podía significar cualquier cosa: ismos, estilos de vida, hábitos, inclinaciones, causas, órganos sexuales. Cosa y friki. Friki se refería a estilos y obsesiones, como en “Stewart Brand es un friki indio”, o "es una friki del zodíaco”, o podía referirse simplemente a la vestimenta hippie. No era una palabra negativa. De todos modos, solo un par de semanas antes los colgados habían celebrado su primer gran “be-in” en el Golden Gate Park, al pie de la colina que conduce a Haight-Ashbury, en acatamiento burlesco del día en que el LSD se ilegalizó en California. Se reunieron todas las tribus y grupos comunales. Todos los frikis vinieron y se dedicaron a sus cosas. Un colgado llamado Michael Bowen lo empezó, y otros miles se sumaron ataviados con sus trajes de gala, repicando campanillas, cantando, bailando extáticamente, haciendo volar sus mentes de un modo u otro y dirigiendo a los policías sus gestos satíricos favoritos, entregándoles flores, enterrando a la pasma en tiernos y frutales pétalos de amor.

Santo Cielo, Tom, la cosa fue fantástica, una ida de olla alucinante, miles de colgados amorosos ahí fuera dejando descolocados a los polis y a todos los demás en una fiesta de amor y euforia. Incluso Kesey, que entonces todavía andaba huido, tuvo el descaro de asistir y mezclarse un rato con la multitud, y todos eran uno, incluso Kesey, y ahora, de repente, ahí lo tenemos, en manos del FBI y otros superpolis, el nombre más importante de La Vida, Kesey, anunciando que es hora de “superar el ácido”. ¿Y qué demonios es esto, una manera de desentenderse de su responsabilidad o qué? El movimiento “Detener a Kesey” estaba empezando a crecer dentro incluso del mundo hippie.

Ted Streshinsky teamed up with Tom Wolfe for the 1967 New York Herald Tribune magazine story on Ken Kesey and the Merry Pranksters that inspired The Electric Kool-Aid Acid Test. Acid Test Graduation, San Francisco, California, 1966. Photo by Ted Streshinksy. © 2016 The Estate of Ted Streshinsky
Ted Streshinsky teamed up with Tom Wolfe for the 1967 New York Herald Tribune magazine story on Ken Kesey and the Merry Pranksters that inspired The Electric Kool-Aid Acid Test. Acid Test Graduation, San Francisco, California, 1966. Photo by Ted Streshinksy. © 2016 The Estate of Ted Streshinsky


La camioneta de los locos se detiene frente al almacén y, bueno, para empezar me doy cuenta de que gente como Lois y Stewart y Black Maria son el ala contenida y reflexiva de los Merry Pranksters. El almacén está en la calle Harriet, entre Howard y Folsom.

Como la mayor parte de San Francisco, la calle Harriet está llena de casas de madera con ventanas saledizas, todas ellas pintadas de blanco. Pero la calle Harriet está en un barrio decrépito de San Francisco, y a pesar de toda la pintura, por su aspecto se diría que unos cuarenta borrachuzos se habían acercado gateando de entre las sombras y habían muerto allí mismo, se habían puesto negros, se habían hinchado y habían explotado, lanzando un torrente de espiroquetas que se habían metido dentro de cada tablón, cada listón, cada grieta, cada astilla, cada pequeña pincelada de pintura. El almacén resulta ser un garaje en la planta baja de un hotel abandonado. Su último uso comercial había sido como obrador de pastelería...

Distingo un autobús escolar... de colores brillantes, naranja, verde, magenta, lavanda, azul celeste, todos los colores pastel fosforescentes imaginables distribuidos en miles de formas, grandes y pequeñas, como un cruce entre Fernand Léger y el Dr. Strange, vibrando juntos y excitándose mutuamente, como si alguien le hubiera dado a Hieronymus Bosch cincuenta cubos de pintura chillona y un autobús escolar International Harvester de 1939 y le hubiese dicho que fuera a por él. A un lado del autobús hay un letrero de cuatro metros y medio en el que puede leerse: ACID TEST GRADUATION.

© 1968/2016 Tom Wolfe. Todos los derechos reservados Adaptación de la edición original de 1968 publicada por Farrar, Straus y Giroux.