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Retrato de un icono musical

Daniel Kramer documenta el año del salto a la fama de Bob Dylan

"Desde el inicio de las sesiones de Bringing It All Back Home fue evidente que allí estaba ocurriendo algo apasionante. En la penúltima sesión, Dylan grabó Tambourine Man, It’s Alright, Ma y Gates of Eden una tras otra, sin escuchar la repetición." Columbia Records, Estudio A, Nueva York, 13-15 de enero de 1965.
"En esa época la mayor parte de mi trabajo consistía en crear una imagen, un retrato con una iluminación o un decorado especial que me ayudaran a contar una historia. Era algo que más o menos tenía bajo control. Ahora, con Dylan, era un 'atrápame si puedes'”. Estudio de Daniel Kramer, Nueva York, enero de 1965.
"Dylan está buscando constantemente nuevas cosas y nuevas ideas, y cuando las encuentra las transforma hasta lograr un resultado genuinamente suyo." Vivienda de Albert Grossman, Woodstock, Nueva York, 27 de agosto de 1964.
Cuando el fotógrafo Daniel Kramer conoció a Bob Dylan, el cantante de 23 años era prácticamente un desconocido. Inquieto e incómodo, frente a la cámara no dejaba de moverse. Sin embargo, en el transcurso de un año y un día, las cosas cambiaron. Desde el concierto con Joan Baez hasta su legendario salto a la guitarra eléctrica, Kramer fue testigo de cómo un chico callado que llevaba una vida hogareña en Woodstock se transformaba en el poeta laureado de una generación. Entre 1964 y 1965, Kramer tuvo el privilegio de fotografiar a Bob Dylan de gira, en concierto y entre bambalinas, lo que le permitió recopilar una de las colecciones más impresionantes de un artista discográfico que existen y un documento asombroso del salto de Dylan al superestrellato.

Todo comenzó en febrero de 1964, cuando vi por televisión a un joven artista en el popular programa de variedades de Steve Allen.

Así arranca esta historia. Así supe de Dylan por primera vez. Solo bajo los focos, sin más compañía que su guitarra, Bob Dylan me llamó inmediatamente la atención por el sonido y la energía de su música, ¡y entonces escuché la letra! Cantaba sobre la corrupción de la justicia, sobre el asesinato gratuito de una camarera de hotel ya entrada en años a manos de un huésped rico e influyente durante una fiesta en Baltimore. Dylan se inspiró en una noticia aparecida en un periódico para componer The Lonesome Death of Hattie Carroll, que termina describiendo el deplorable castigo por el crimen, una sentencia de apenas seis meses que dejaba mucho que desear. ¡Seis meses! Aquello era poesía, una poesía tan buena como cualquier otra que hubiese podido leer antes, y pensé que estaba siendo muy valiente al decir ese tipo de cosas en un programa de televisión de tremenda popularidad.

De vez en cuando, Dylan añadía emoción a su actuación dejando de cantar para tocar la armónica que llevaba montada en un soporte metálico colocado alrededor del cuello. La fuerza de la música, de la armónica y del sonido de la guitarra enfatizaban la sensación de urgencia, y me hicieron darme cuenta de la (verdadera) dimensión de aquella tragedia. Me ganó, aunque sólo su voz hubiera bastado para conseguir el mismo efecto. Era el tipo de sonido que siempre me había gustado. Parecía que su voz llegara desde las montañas. Parecía una voz vieja, austera y curtida por la intemperie, una voz que se hubiese oxidado olvidada bajo la lluvia. Esa voz me transmitía veracidad, pero lo que entonces no sabía es que el señor Dylan es un cantante con muchas voces. Un rato después de haberle visto en el televisor, su música seguía sonando en mi cabeza. Había sido seducido por lo que este hombre había hecho y por cómo lo había hecho. Con las herramientas más básicas y elementales había hecho llegar su mensaje, y lo que estaba diciendo sobre la corrupción de la justicia era un auténtico acto de valentía. Sentí que estaba delante de un talento importante y pensé que tenía que fotografiarlo.

Averigüé el nombre de la empresa que representaba a Bob Dylan y llamé. Naturalmente, me informaron de que Dylan no estaba disponible. Los días siguientes, la historia no hizo más que repetirse: yo llamaba y ellos me daban largas . Al final, me pidieron que presentara mi solicitud por escrito, cosa que hice sin obtener ningún resultado. Un día, después de meses de insistencia, les telefoneé cuando ya habían terminado su jornada laboral, y quiso la suerte que contestara Albert Grossman, representante de Dylan. A esas alturas ya conocía el motivo de mi llamada. Aun así, expliqué una vez más que sólo quería una hora para una sesión de retratos con su cliente, y le convencí de que era un fotógrafo prudente, completamente cuerdo, con obra publicada y profesional. No negaré mi sorpresa al oír que su respuesta casi inmediata fue: "Está bien, pásese por Woodstock el próximo jueves. Dispondrá de una hora. Llame a mi secretaria para más detalles". Así de sencillo... ¡así de sencillo! El día que conocí a Bob Dylan comenzó con un viaje de dos horas por carretera a Woodstock, Nueva York. Justo a la salida del pueblo, a un lado de la carretera, accesible por un camino de entrada sin señalizar y protegida de las miradas por una gran masa de árboles de espeso follaje, estaba la casa de Albert Grossman. Un cartel en un árbol del camino rezaba: "SI NO HA LLAMADO POR TELÉFONO, ESTÁ ENTRANDO ILEGALMENTE". Dylan pasaba aquí buena parte de su tiempo cuando no estaba de gira o en la ciudad. Más que un escondite, aquella gran casa era un refugio tranquilo. Había una piscina en la parte trasera, y dos edificios pequeños que se usaban como garaje y casa para invitados Todo era plácido y luminoso.

Dylan no estaba cuando llegué, e hice tiempo esperando junto a la piscina. Entonces, el sonido de una moto por el camino de entrada rompió el silencio. La moto desapareció en el interior del garaje, e instantes después se acercó hasta mí un joven delgado y desgarbado, vestido con pantalones tejanos, botas y una camisa corriente arrugada. Los rizos de su cabello asomaban por debajo del casco. Con 23 años, su cuerpo y complexión delgados le hacían parecer más joven. Nos saludamos al tiempo que nos dábamos la mano; siendo sus actuaciones tan enérgicas, me sorprendió la suavidad con que la estrechaba. Entonces pensé que ese era su modo de ser educado sin abrirse demasiado en nuestro primer encuentro. Conociéndolo ahora, creo que era más bien una expresión de cautela. Hablamos de mi proyecto. Le comenté que quería hacer un retrato y que no nos llevaría demasiado tiempo. Me dijo que hiciera lo que necesitara para sacar las fotos y desapareció dentro de la casa. Le seguí y me lo encontré leyendo un periódico sentado frente a la mesa de la cocina. Pasaba las páginas como si no se diera cuenta de mi presencia. Esa fue la tónica general. Al parecer, no iba a hacer nada especial para la cámara. Y no era que no estuviera cooperando. En realidad, estaba siendo razonablemente accesible y pronto aceptó que yo fotografiara y seleccionara mis propias imágenes siempre que guardaran relación con lo que estaba ocurriendo.

Yo pensaba que con unas pocas sesiones el tema se daría por concluido. No sabía que la nuestra iba a ser una larga relación. No sabía que iba a fotografiarlo muchas veces durante más de un año y que iba a tener la oportunidad de documentar muchas facetas de su vida profesional, preparar tres importantes portadas de discos, y tantas cosas más.

Durante el año que lo fotografié, su música y su aspecto cambiaron radicalmente. El intérprete solitario que se bastaba con una guitarra y una armónica se convirtió en el líder de una banda que necesitaba camiones cargados de equipos (como en su famoso concierto en Forest Hills en 1965). También se pasó a la guitarra eléctrica. No lo hizo en el Newport Folk Festival, y tampoco en Forest Hills, sino, por lo que sé, fue en enero de 1965 en el estudio A de Columbia Records en Nueva York, cuando grabó Bringing It All Back Home. Mientras una de la caras del disco era acústica, en la otra podía escucharse a Bob guitarra eléctrica en mano acompañado de una banda. El disco fue lanzado el 22 de marzo de 1965, y a finales de julio de ese año, con la aparición de Like a Rolling Stone, temas de más de seis minutos de amenazante verso lírico cayeron en un mar de canciones de amor que duraban apenas tres, cambiando la forma en que los sencillos podían y debían sonar en la radio.

"La imagen de portada del álbum Bringing It All Back Home es probablemente la fotografía que suscita más preguntas de todas las que hecho. Después de escuchar su música durante las sesiones de grabación, me di cuenta de que tenía que hacer una declaración fotográfica con la que presentar al recién reinventado Bob Dylan." Vivienda de Albert Grossman, Woodstock, enero de 1965.


Con Bob todo adquirió una nueva dimensión. Al principio no tenía ni idea de que en las fotos aparecerían, entre otros, Joan Baez, Allen Ginsberg, Peter Yarrow, Odetta, Johnny Cash, Les Crane, y Albert y Sally Grossman. O que después del ahora legendario concierto de Forest Hills tendría que esconder a Bob debajo de una manta en una camioneta Ford azul, ocultándolo de la multitud entusiasmada que le perseguía, mientras su road manager, Victor Maymudes, hacía avanzar el coche entre el gentío. En total, realizamos unas 30 sesiones fotográficas, empezando por la de Woodstock. Por lo general, se me avisaba con poca antelación. Aunque asistí a muchos conciertos de Dylan, y oí muchas de sus canciones una y otra vez, el compromiso con que las interpretaba siempre les daba una nueva vida. A veces me parecía que estaba escuchando y viendo a un nuevo Bob Dylan. También estaba viendo un nuevo yo, porque tuve que reciclarme y pasar de fotógrafo esencialmente de estudio a fotógrafo puedo-fotografiar-lo-que-sea-donde-sea capaz de hacer ajustes en la cámara y cambiar la película en medio de la oscuridad de un teatro.

Estaba sacando fotos con cámaras de 35 mm en una época en que la automatización era algo raro. No había autofoco, ni motor de avance, ni, más importante, exposición automática. Y otro pequeño detalle: tuve que aprender a disparar cuando el sonido de la música o la voz de Bob ahogaban el clic del obturador, y no cuando había un aliento o un espacio en su fraseo. El obturador de la cámara era como un martillazo en un teatro o en un estudio de grabación, que son espacios diseñados para amplificar y hacer audible cualquier sonido. Tuve la suerte de estar allí durante el año del "big bang" de Bob Dylan, cuando hizo dos de sus mejores discos, cuando cambió la música y la industria musical, y cuando pasó de ser un joven a punto de lanzarse a la aventura a ser alguien que lo consiguió todo y algo más.

© Daniel Kramer, todas las imágenes