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El auténtico Fidel

Lee Lockwood entrevista al elusivo líder cubano

Castro en la playa de Varadero, cerca de La Habana, 1964.
Castro en la playa de Varadero, cerca de La Habana, 1964.
“Apoyamos a Fidel”, 26 de julio, plaza de la Revolución, La Habana, 1959.
“Apoyamos a Fidel”, 26 de julio, plaza de la Revolución, La Habana, 1959.
Castro habla con los trabajadores, 1965.
Castro habla con los trabajadores, 1965.
“Volví a Cuba en mayo de 1966, y pasé tres días con Castro en las montañas de la provincia de Oriente, durante los cuales leyó cada palabra de mi manuscrito. Hizo una serie de rectificaciones, la mayor parte pequeños cambios en la redacción para una mayor claridad o cambios menores relativos a los datos. Al final, se declaró satisfecho con el resultado.”
“Volví a Cuba en mayo de 1966, y pasé tres días con Castro en las montañas de la provincia de Oriente, durante los cuales leyó cada palabra de mi manuscrito. Hizo una serie de rectificaciones, la mayor parte pequeños cambios en la redacción para una mayor claridad o cambios menores relativos a los datos. Al final, se declaró satisfecho con el resultado.”
Entre 1959 y 1969, el fotoperiodista Lee Lockwood dio testimonio de Cuba y su nuevo líder Fidel Castro con una libertad sin precedentes. Sus escritos, entrevistas e imágenes inéditas se reúnen en La Cuba de Fidel, un extraordinario retrato de la isla y de su victorioso líder revolucionario.

“Volveré a verte muy pronto, y tendremos nuestra charla”, me había prometido Fidel Castro en mayo. Era agosto y todavía estaba esperando. Había llegado a Cuba con la intención de quedarme solo un par de meses, y se me estaba empezando a agotar el tiempo, el dinero y, sobre todo, la paciencia. Lo más irritante era que había perdido todo contacto con los dirigentes. No tenía manera de saber cuándo celebraríamos la entrevista, o tan siquiera si iba a tener lugar.

Una característica general de los países en los que un hombre concentra todo el poder es que no hay canales “normales” a través de los cuales se pueda acceder a él. Esto sucede especialmente en Cuba, donde el proceso de institucionalización ha ido aplazándose y donde los líderes llevan sus asuntos con estudiada informalidad, como si todavía fuesen guerrilleros en las montañas.

Por otra parte, debido a los problemas que el régimen ha sufrido a lo largo de sus siete años en el poder por las deserciones y las traiciones de personas en puestos clave, y porque él mismo está tan ocupado, Castro ha ido acotando cada vez con más celo los canales de acceso.

La única forma segura de llegar hasta él mientras estuve en Cuba fue a través de una de estas dos personas: René Vallejo, su ayudante de campo, o Celia Sánchez, su secretaria. Ambos son viejos camaradas de absoluta confianza de los días de la guerrilla, los brazos derecho e izquierdo de Fidel y sus amigos más cercanos. Vallejo, un hábil cirujano, hace las veces de médico de Castro, mientras que Celia tiene entre sus muchas funciones cuidar la casa de Fidel. Ambos trabajan todo el día atendiendo personalmente una enorme gama de asuntos en nombre de Castro, muchos de los cuales, en una atmósfera permisiva y de mayor confianza, podrían fácilmente ser delegados en otras personas. El mismo Castro trabaja una media de veinte horas al día, y espera que sus colaboradores hagan lo mismo.

El problema de acceder directamente a Castro no sería tan importante si los ministros, jefes de departamento y otros funcionarios fueran capaces de tomar decisiones importantes en base a su propia autoridad, o por lo menos transmitir peticiones a los altos mandos e informar de las decisiones. Pero tal es el caos y la inseguridad en la siempre cambiante administración cubana que la mayoría de los funcionarios, al igual que el público en general, tienen que relacionarse con Castro a través de Celia o de Vallejo, a veces incluso para la menor de las peticiones. Así, el jefe de información del Ministerio de Relaciones Exteriores, Ramiro del Río, un hombre capaz e inteligente que debería haber sido mi canal de comunicación normal con Castro, era totalmente incapaz de saber nada sobre el estado de mi entrevista. (La mayoría de las veces ni siquiera podía conseguir que Vallejo se pusiera al teléfono.) En pleno sentimiento de frustración se me ocurrió la idea de que podría haber miles de cubanos con problemas similares, incapaces de conseguir respuesta de las autoridades de menor rango e igualmente impotentes en sus esfuerzos por comunicarse con el líder máximo. Tomemos, por ejemplo, el caso del teléfono de Celia Sánchez.

Celia es una mujer trabajadora, de buen corazón y dispuesta a escuchar los problemas de cualquiera. Como resultado, ha sido durante mucho tiempo la persona a la que ir a ver en Cuba cuando es imprescindible una intervención directa sin burocracia de por medio. El problema es: ¿cómo llegar a ella? Dado que tantas personas la llaman todo el día (y también gran parte de la noche), tiene un número de teléfono privado. Solo disponen de él las personas que ella misma autoriza, y solo después de una solemne promesa de mantenerlo en secreto. Pero los cubanos son famosos por su incapacidad para guardar un secreto. Por eso, cada pocos meses, cuando el volumen de llamadas alcanza un nivel incontrolable, Celia se ve obligada a cambiar su número sin previo aviso.

Por otra parte, una vez has conseguido su número y lo marcas, se te da una última oportunidad para que reconsideres la urgencia de tu llamada. La voz grabada de un locutor de radio profesional pronuncia la siguiente advertencia: “Si usted está llamando para tratar un asunto personal (sobre una casa particular, una granja intervenida, una casa en la playa, muebles, neveras, automóviles, accesorios para estos últimos, becas, la salida del país o presos) diríjase a la organización apropiada. No trabajo para ninguno de esos departamentos. No me llame pasadas las siete de la tarde. No me llame si no es urgente”.

Mi contacto personal era el comandante Vallejo, a quien conocía de visitas anteriores a Cuba. Con él había hecho los preparativos de mi viaje por teléfono y por carta desde Nueva York. Antes de irme, me había asegurado que iba a tener una entrevista con Fidel Castro, pero no una entrevista de “prensa”, sino una conversación más larga e informal que se prolongaría durante al menos dos o tres días. Poco después de llegar, durante un agradable almuerzo en su propia casa, Vallejo volvió a confirmar el entusiasmo de Castro con la idea. “En muy pocos días ―prometió―, estará sentado con Fidel y dispondrá de todo el tiempo que desee.”

Tras eso había hecho dos viajes con Fidel y hablado brevemente con él otra media docena de veces. En cada oportunidad había habido alguna razón para no iniciar la entrevista en ese momento, y en cada oportunidad me había prometido: “Le veré muy pronto”, después de lo cual las semanas habían pasado sin que nada se concretara. Llamaba a Vallejo con frecuencia, y él siempre me aseguraba, en el mismo tono de alegre entusiasmo: “Será muy pronto. Esté preparado”. Y después de eso, en cada oportunidad, silencio.

A mediados de julio, Vallejo ni siquiera se ponía al teléfono cuando llamaba (por la vergüenza de no poder dar una respuesta definitiva, según supe más tarde).

No era difícil encontrar razones para la aparente falta de interés de Castro por hablar conmigo. Había circunstancias atenuantes. Una semana antes de mi llegada, los Estados Unidos habían enviado tropas a la República Dominicana, a solo cien millas de distancia de la costa sur de Cuba. Esta “agresión yanqui” volvió a despertar el recuerdo de la bahía de Cochinos e hizo a los cubanos más ariscos y difíciles. La isla estaba oficialmente en estado de alerta cuando llegué.

Dos semanas más tarde, Estados Unidos empezó de pronto a bombardear Vietnam del Norte, la república socialista hermana de Cuba, con quien Castro y la mayoría de los cubanos sienten una solidaridad militante en un tono cercano de lo más particular, dada la distancia entre los dos países. En este momento, el escarnio de Estados Unidos por parte de los líderes y la prensa cubanos, que ya era muy acusado, se hizo todavía más intenso e injurioso.

Por último, cuando Castro, una tórrida tarde de celebración del 26 de julio en Santa Clara, dedicó parte de su discurso a una diatriba contra la “información falsa y cínica" de los corresponsales residentes de AP y UPI, llamándolos "lacayos a sueldo de la prensa yanqui”, perdí la esperanza. Llegué a la conclusión de que, en un ambiente como aquel, Castro difícilmente estaría de humor para sentarse con un periodista estadounidense para una larga entrevista. Tan pronto como regresé a La Habana, me dispuse a liquidar mis asuntos y reservé un asiento para el lunes siguiente en el vuelo semanal de Cuba a las Bermudas.

La noche del viernes anterior a mi partida fui a ver una película y después me reuní con algunos amigos en El Carmelo, un restaurante de postín al aire libre famoso en época prerrevolucionaria por sus helados. Alrededor de la medianoche, empecé a caminar de vuelta al Hotel Nacional, más o menos a una milla de distancia. Era una noche de verano de un calor sofocante. Caminando por la calle 21, me detuve un momento para limpiarme el sudor de la cara y de pronto pude ver un par de grandes ojos blancos examinándome cuidadosamente en la oscuridad. Era uno de los guardaespaldas de Castro, apostado en la esquina de la calle con una metralleta colgando sobre su espalda. Al otro lado de la calle estaba el Hotel Capri. En el camino de entrada en ángulo hacia el hotel vi la flota de Oldsmobile de Fidel brillando bajo la luz de los neones. Otros guardaespaldas descansaban apoyados en los coches y en la puerta del hotel, fumando, riendo y mirando a las chicas que pasaban. Su presencia era un claro indicio de que Castro estaba en algún lugar dentro del hotel, y lo relajado de su actitud daba a entender que no esperaban que apareciera muy pronto.

Mi propio hotel estaba a solo dos bloques de distancia. Decidí hacer un último intento para concertar la entrevista. Volví a mi habitación y rápidamente escribí una carta a Castro. Le recordé sus abundantes promesas de hablar conmigo y el mucho tiempo que había estado esperando. En mi opinión, estaba a punto de renunciar a una rara oportunidad de comunicarse directamente con el público estadounidense, las ventajas a largo plazo de lo cual, pensaba, debían pesar más que cualquier sentimiento de rencor que pudiera estar experimentando en ese momento por la política exterior de Estados Unidos. Dije que tenía reputación de ser un hombre de palabra y expresé la esperanza de que mantuviera la que me había dado.

De vuelta en el Hotel Capri, los guardaespaldas todavía estaban allí. Entablé conversación con uno de ellos, que me informó de que Fidel estaba reunido con una delegación comercial española que se alojaba en el hotel. Pasó más de una hora. Por último, poco después de las 2 de la mañana empezó una actividad frenética: los guardias apagaron sus cigarrillos y se situaron en sus puestos, y entonces Castro cruzó con paso firme las puertas de cristal del vestíbulo del hotel, precedido y seguido por otros guardias vestidos de verde. Sus movimientos camino de los automóviles recordaba las trayectorias de las partículas de un átomo. Vallejo venía dos pasos por detrás. Le llamé y le di la carta.

“Bien ―dijo―, se la leeré en el coche ahora mismo.” Y corrió para alcanzar el automóvil de Castro, que ya estaba tomando el camino de salida con una puerta trasera todavía abierta, y se metió dentro.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, Vallejo me despertó con una llamada telefónica. Su voz sonaba animada: “A Fidel le gustó mucho su carta”. ¡No vaya a ninguna parte! Un coche pasará a recogerle en cualquier momento pasado el mediodía. ¡Esté preparado! Dos semanas y seis aplazamientos después, exactamente a la una de la tarde de un domingo, me encontraba en el pórtico de entrada del Hotel Nacional cuando un Oldsmobile de escolta pasó lentamente sobre la banda de frenado situada al inicio del caminito de acceso, retumbó largamente mientras se acercaba, y con un chirrido se detuvo bruscamente frente a mí.

Sin una palabra de saludo, Gonzales, el hosco segundo jefe de los guardaespaldas, me señaló el asiento trasero. Me senté, haciendo malabarismos con las cámaras, la grabadora y la mochila, entre dos soldados con cara de pocos amigos que no prestaron la menor atención a mis esfuerzos por encajar en aquel espacio tan estrecho. Por un lado, el cerrojo de una metralleta se me estaba clavando en las costillas; por el otro, una voluminosa pistola estaba pinchándome el riñón. Tenía las rodillas encogidas, comprimidas por el pesado bolsillo de cuero de la parte posterior del asiento delantero, repleto de ametralladoras, pistolas, cargadores, granadas y gran cantidad de munición.

Corrimos hacia el Malecón, la pintoresca avenida que rodea el espléndido puerto de La Habana, y a toda velocidad nos dirigimos a Nuevo Vedado. En el coche, el silencio solo lo rompían los gruñidos con los que Gonzales daba indicaciones al conductor: “Doble aquí... A la izquierda... No, ¡por allí, por allí!”.

Pasados unos quince minutos tomamos una calle lateral y nos detuvimos en el camino de entrada de la moderna casa de varios niveles de Vallejo. El camino ya lo ocupaban otros Oldsmobile, aparcados en ángulos diferentes para disponer de una salida rápida a la calle. Los guardias empujaron las puertas, saltaron fuera del coche como paracaidistas y se dirigieron a la casa. “¿Tengo que ir con usted?” , pregunté a Gonzales. “¡Quédese ahí! ¡No se mueva!”, gritó por encima del hombro.

Poco después se abrió la puerta de la casa vecina a la de Vallejo y Castro apareció solo en el porche, con un largo cigarro color canela en una mano y un encendedor dorado en la otra. Olfateó el aire y contempló el cielo incierto. Cuando estaba a punto de encender su cigarro, un gran perro gris marengo salió de la casa como una exhalación y se precipitó contra sus pantorrillas con tal fuerza que Castro se inclinó hacia atrás, dejó caer el encendedor y casi se da de bruces. El perro, un pastor alemán joven, dio unos animadísimos brincos por el césped y volvió corriendo al lado de Castro, jadeando y moviendo la cola. Fidel, recuperándose de la sorpresa, rió y le palmeó el costado, hablándole con afecto.

Salí del coche. Castro me vio, recogió el mechero y bajó los escalones. Mientras nos dábamos la mano, el perro se interpuso entre nosotros levantándose sobre sus patas traseras y colocando las delanteras sobre los hombros del jefe, gimiendo con agitación. El animal bailó un minué con Castro, que se tambaleó hacia atrás, riendo y luchando por librarse de él, mientras este intentaba lamerle la barba en plena euforia.

“Su nombre es Guardián ―gritó Fidel con orgullo, esquivando un nuevo salto del perro―. Todavía no está muy bien amaestrado.” Lo tengo desde que era un cachorro y yo mismo lo he criado. Creo que será un buen perro guardián, ¿no? ¡Quieto, Guardián! ―le ordenó con severidad. El perro no le hizo caso. “¡Quieto! ¡Quieto!” Pero solo sirvió para que Guardián redoblara sus esfuerzos por darle un lametón. “Venga ―me dijo Castro finalmente, dándose por vencido―. No debo estar aquí fuera. Estoy demasiado expuesto. Subamos al coche.”

Nos metimos en el asiento trasero del automóvil de Fidel, los tres juntos. El perro ocupaba la mitad del asiento, enorme y moviéndose con nerviosismo mientras nos estrujaba a Castro y a mí. Nuestros muslos y hombros estaban tan apretados que mientras hablábamos no podíamos girarnos y estábamos obligados a mirar al frente.

“Quisiera disculparme ―dijo Castro con seriedad―. Siento mucho todos los retrasos que ha habido para este encuentro. Hemos tenido muchos problemas. Con motivo del 26 de julio últimamente han venido muchas delegaciones a las que he tenido que recibir... Y luego estaba la situación internacional... Su carta estaba muy bien, muy bien. Me hizo pensar en usted, en la clase de persona que es, y por eso decidí aceptar la entrevista, no por mí, sino por usted, porque usted está tratando de hacer un trabajo honesto... Así que ahora iremos a la isla de Pinos, donde espero poder descansar un poco. Tendremos toda esta noche para hablar, hasta la hora que usted desee, y luego tal vez un poco de tiempo mañana por la mañana si todavía tiene preguntas. Tenemos un avión listo para llevarlo mañana de vuelta a La Habana y pueda coger su vuelo.”

Le di las gracias. “Pero ―dije― la verdad es que tengo la impresión de que una noche no será en absoluto suficiente. Creo que vamos a necesitar dos o tres días. Así que si usted va a permanecer en la isla de Pinos por un tiempo, y no le importa que yo esté allí, podría retrasar mi partida una semana más y podríamos hablar cuando a usted le vaya bien.” Castro apretó los labios y frunció el ceño.

“De acuerdo. Pero tiene que entender que voy principalmente porque necesito descansar. Quiero cazar y pescar un poco. Además, tengo una gran pila de libros para leer. Pero no tengo ningún inconveniente, si dispongo de una hora antes del desayuno, o quizá por la noche... Solo que tiene que hacer un pacto conmigo. Puede quedarse en mi casa, pero debe estar allí simplemente como uno más de los invitados y vivir como todo el mundo. Puede venir a pescar o cazar con nosotros, y hacer fotos si quiere. Pero no quiero sentir ninguna presión... Cuando le mire no quiero sentir presión y pensar: ‘ahí está, esperando su entrevista’. ¿Está de acuerdo?”. “Por supuesto ―dije―. De hecho, lo prefiero así.”

© Lee Lockwood, por todas las imágenes