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El rugido de la selva

Norman Mailer describe el milagroso combate de Muhammad Ali

Ali se prepara para entrenarse en la sala de congresos del complejo presidencial de Mobutu en las afueras de Kinshasa, donde se turnaba con Foreman para sus entrenamientos. Sus horarios de entrenamiento hacían que a menudo se encontraran y ambos equipos hacían todo lo posible para espiar al contrincante. Howard L. Bingham estaba acompañaba a Ali casi a todas horas. Fotografía de Neil Leifer.
Ali se prepara para entrenarse en la sala de congresos del complejo presidencial de Mobutu en las afueras de Kinshasa, donde se turnaba con Foreman para sus entrenamientos. Sus horarios de entrenamiento hacían que a menudo se encontraran y ambos equipos hacían todo lo posible para espiar al contrincante. Howard L. Bingham estaba acompañaba a Ali casi a todas horas. Fotografía de Neil Leifer.
Ali recibió una gran cantidad de golpes contra las cuerdas. Los miembros de su equipo, que ignoraban su táctica, reaccionaron con miedo y le suplicaron que se moviera alrededor del ring. Temían lo peor: que Ali fuera noqueado por primera vez en la historia. Fotografía: Howard L. Bingham
Ali recibió una gran cantidad de golpes contra las cuerdas. Los miembros de su equipo, que ignoraban su táctica, reaccionaron con miedo y le suplicaron que se moviera alrededor del ring. Temían lo peor: que Ali fuera noqueado por primera vez en la historia. Fotografía: Howard L. Bingham
El épico combate de Ali contra Foreman contado por Norman Mailer y fotografiado por Neil Leifer y Howard Bingham

El jueves anterior, cinco días antes del combate, Ali dio su típica charla. “No va a ser sólo el mayor acontecimiento en el mundo del boxeo, será el mayor acontecimiento en la historia de la humanidad. Va a ser la mayor remontada que se haya producido jamás, y los que no tienen ni idea de boxeo van a creer que han presenciado un milagro. Esto lo digo porque los que estáis aquí escribiendo sobre boxeo no sabéis nada de lo que intentáis describir. En realidad sois vosotros, los periodistas, los locos y los analfabetos. Voy a demostraros, para que tengáis algo de que hablar en vuestras columnas, la razón por la que George Foreman no puede vencerme, y voy a hacerlo con la mayor remontada de la historia del boxeo. Me voy a levantar del suelo al que vosotros me habéis tirado con vuestra ignorancia y estupidez periodística. Es culpa vuestra —dijo, articulando sus palabras con absoluta claridad— que el público sepa tan poco de boxeo, y que por lo tanto crea que George Foreman es fantástico y que yo estoy acabado. Así que os voy a dar pruebas irrefutables de hasta qué punto os equivocáis”.

“Angelo” —dijo, dirigiéndose a Angelo Dundee—, pásame esos papeles, por favor”, y empezó a leer la lista de boxeadores contra los que había luchado. La historia de los últimos trece años del boxeo de peso pesado estaba resumida en esa lista. Sus primeros siete combates fueron contra púgiles poco conocidos, como Herb Siler, Tony Esperti y Donnie Fleeman. “Don nadies”, comentó Ali. A partir de su octavo combate, se batió contra Alonzo Johnson, “un contendiente de mi nivel”, luego contra Alex Miteff, “un contendiente de mi nivel”, Willi Besmanoff, “un contendiente de mi nivel”. Entonces a Ali se le torció el gesto. “Mientras George Foreman andaba peleándose por las calles, yo ya estaba luchando con contendientes de mi nivel, buenos boxeadores, con buenos golpes. ¡Hombres peligrosos! Mirad la lista: ¡Sonny Banks, Billy Daniels, Alejandro Lavorante, Archie Moore! ¡Doug Jones, Henry Cooper, Sonny Liston! Luché contra todos ellos. Con Patterson, Chuvalo, Cooper de nuevo, Mildenberger, Cleveland Williams (un peso pesado peligroso). Noqueé a Ernie Terrell, un hombre el doble de grande que Foreman... Esto le digo a la prensa — dijo Ali—. ¡Yo ya había luchado contra veinte boxeadores de mi rango antes de que Foreman librara su primer combate!”. Ali hablaba con desprecio. ¿Cómo podía la prensa, en su ignorancia, llegar siquiera a entender la cultura del boxeo? “Ahora, que Angelo nos lea la lista de los combates de Foreman”. A medida que Angelo iba leyendo los nombres, Ali no dejaba de hacer gestos con la cara. “Don Waldheim”. “Un don nadie”. “Fred Askew”. “Un don nadie”. “Sylvester Dullaire”. “Un don nadie”. “Chuck Wepner”. “Nadie”. “John Carroll”. “Nadie”. “Cookie Wallace”. “Nadie”. “Vernon Clay”, dijo Dundee. Ali dudó. “Vernon Clay... puede que ese sí sea bueno”. Hubo risas por parte de la prensa. Hubo risas de nuevo cuando Ali hizo un comentario sobre Gary Hobo Wiler: “Un vagabundo”. Luego vinieron algunos otros don nadies. Ali dijo, resentido: “Si yo luchara contra estos holgazanes, ya me habríais echado del mundo del boxeo”. De repente, Bundini gritó: “La semana que viene volveremos a ser campeones”. “Cállate —dijo Ali, dándole una palmada en la cabeza—, aquí hablo yo”.

Los niños del lugar ofrecieron un punto de vista humano inolvidable de los preparativos para el combate entre Foreman y Ali. En primer plano, observamos a los niños mezclando movimientos de kung-fu con movimientos de boxeo. En los dos carteles publicitarios a su espalda, vemos al presidente Mobutu coronando una pirámide realizada con los rostros de los campeones, superpuesta en un mapa de Zaire. Fotografía de Neil Leifer.
Los niños del lugar ofrecieron un punto de vista humano inolvidable de los preparativos para el combate entre Foreman y Ali. En primer plano, observamos a los niños mezclando movimientos de kung-fu con movimientos de boxeo. En los dos carteles publicitarios a su espalda, vemos al presidente Mobutu coronando una pirámide realizada con los rostros de los campeones, superpuesta en un mapa de Zaire. Fotografía de Neil Leifer.


Después de repasar la lista de todos los combates de Foreman, Ali recapituló: “Foreman ha luchado contra un holgazán al mes. En total, George Foreman ha peleado con cinco hombres de cierto renombre. Los tiró al suelo a los cinco, pero ninguno agotó la cuenta hasta diez. De los veintinueve boxeadores de renombre contra los que yo he combatido, quince se quedaron en el suelo después de contar hasta diez”. Orgulloso de haber defendido su causa de forma organizada y clara, Ali se dirigió entonces al jurado. “Soy un maestro del boxeo. Soy un científico del boxeo; esto que veis son pruebas científicas. Por vuestra cuenta y riesgo ignoráis el hecho de que soy un genio de la danza, un gran artista” […]

“Y os digo, gente de la prensa, que Foreman os impresiona porque os parece un negro enorme que le pega bien fuerte al saco de boxeo. ¡Pero si recorta el ring! Dejad que os diga que no sabe luchar. Os lo pienso demostrar la noche del combate. Veréis cómo se cruzan mi impresionante izquierda y mi impactante derecha. Os vais a llevar la sorpresa de vuestra vida. Porque ahora estáis alucinados con Foreman, pero os voy a contar un secreto: los negros dan más miedo a los blancos que a los demás negros. Foreman no me da ningún miedo, y lo vais a ver”.

Sin embargo, al día siguiente Ali cambió su rutina. No hubo rueda de prensa. En su lugar, hubo un espectáculo en el ring. Pero es que el hecho de que Ali fuera a boxear ese día ya era un acontecimiento. En la última semana y media, había peleado sólo tres veces, un calendario relajado. Evidentemente, Ali había entrenado durante tanto tiempo que sus compañeros estaban envejeciendo con él. Y, de hecho, sólo quedaba uno, Roy Williams, el amable y enorme boxeador negro que en Deer Lake había actuado como si pegar a su jefe fuera un sacrilegio. Bundini lo presentó a un público de varios centenares de africanos: “Damas y caballeros, aquí tienen a Roy Williams, campeón de los pesos pesados de Pensilvania. Es más alto que George Foreman, más pesado que George Foreman, su alcance es mayor, golpea más fuerte, y es más inteligente que George Foreman”. Bundini era la hipérbole personificada.

Sus comentarios fueron traducidos por un intérprete de la lengua de Zaire al público de raza negra. Se rieron y aplaudieron. Ali les hizo entonces entonar una canción que decía: “Ali boma yé, Ali boma yé”, que se traduce por “Ali, mátalo” —un antiguo grito de guerra que se canta cuando la discusión ha llegado a su fin— y Ali fue dirigiendo el canto de la gente, de manera estricta, realizando movimientos firmes en el aire, como si fuera el director de un coro de boy scouts, severo, sin risas, orgulloso de sus polluelos, aunque en algún momento concreto pareció que se le escapaba una sonrisa. Todo el mundo estaba contento y el grito no parecía ninguna amenaza, sino que se asemejaba más bien a un grupo de chavales cantando el himno de su instituto, una muestra del buen humor de Ali. Aquella mañana parecía tener dieciocho años, y estaba listo para luchar contra Roy Williams.

El gran acontecimiento: 29 de octubre de 1974: “La información llegó a los que estaban fuera del estadio. ‘Ali está en el ring, Ali está en el ring’. Bundini le entregó a Ali, con solemnidad, la bata africana que el púgil había elegido”. Fotografía de Neil Leifer.
El gran acontecimiento: 29 de octubre de 1974: “La información llegó a los que estaban fuera del estadio. ‘Ali está en el ring, Ali está en el ring’. Bundini le entregó a Ali, con solemnidad, la bata africana que el púgil había elegido”. Fotografía de Neil Leifer.


Sin embargo, apenas boxearon. Después de semanas y meses trabajando juntos, el boxeador y su sparring se transformaron en un viejo matrimonio. Hicieron el amor tranquilamente, lo cual está muy bien para los viejos matrimonios, pero los peligros para un boxeador son evidentes. Se acostumbra a vivir por debajo del nivel de riesgo en el ring. Pero aquel día Ali dejó de lado cualquier idea preconcebida sobre el boxeo. Luchó un asalto entero contra Williams. Acompañado del ritmo lúgubre y palpitante producido por la percusión que tocaba Big Black desde el suelo, Ali peleó moviéndose por todo el ring. “Voy a atar a George y haré que camine —dijo Ali entre dientes, con una voz ahogada—. Sí, caminaré con él”. De vez en cuando, caía sobre las cuerdas y dejaba que Williams le pegara; después seguía luchando un rato más. “Vamos a caminar con él”. Cuando terminó el asalto, Ali profirió un grito hacia un lado de la sala: “Archie Moore, espía número uno, dile a George que estoy corriendo. Voy a machacarlo hasta dejarlo imbécil y luego empezará la tortura. ¡Guerra! ¡Guerra!”. Ali gritaba, y salió disparado hacia afuera tambaleándose, la viva imagen de la determinación, con la única intención de aflojar y pedir a Williams que le pegara en las cuerdas... Para batalla, la que se libró después...

29 de octubre de 1974: Solo en el ring, Ali parecía el aspirante retando al campeón, el príncipe esperando al otro pretendiente al trono y, a diferencia de otros luchadores que se van desvaneciendo en los largos minutos que tarda en salir el poseedor de título, él parecía estar gozando enormemente de su indiscutible posesión del espacio. Parecía despreocupado y hasta rozando la felicidad, como si el hecho de haber soportado disciplinadamente dos mil noches de sueño sin su título, tras serle arrebatado sin siquiera haber perdido un combate —una frustración tan dolorosa para un boxeador como la que supondría para un autor escribir Adiós a las armas y luego no poder ver la obra publicada— hubieran sido siete años de juicio bíblico del que hubiera salido con su honor, su talento y su deseo de grandeza aún intactos, y justo en aquel momento estuviera al fin saliendo del túnel. Su cuerpo brillaba como el lomo de un pura sangre. Se le veía absolutamente preparado para enfrentarse al hombre más fuerte y cruel que el mundo de los pesos pesados hubiera visto en muchos años, puede que el peor de todos. El príncipe estaba de pie en el ring, esperando a que llegara el campeón, sumido en cualesquiera que fuesen sus pensamientos y en comunión privada con Alá; se sentaba y se revolvía dando golpes en el aire. Mientras, el secretario privado del príncipe, Angelo Dundee, de Miami, iba de lado a lado del cuadrilátero, y al llegar a cada esquina, con una visión completa de todo el largo de ese lado del ring, aflojaba uno a uno los cuatro tensores de cada esquina encargados de soportar la tensión de cada una de las cuatro cuerdas, y lo hacía con un pequeño radio y una llave inglesa que había metido probablemente en su pequeña mochila en Nsele, que había transportado en el autobús, y que luego había trasladado desde el vestuario hasta el ring en el que ahora se encontraba. Y cuando consiguió que las cuerdas estuvieran lo suficientemente flojas para su gusto, suficientemente sueltas para que pudieran soportar el peso de su luchador, salió del ring y volvió a su esquina. Nadie le había prestado demasiada atención.

Foreman se encontraba aún en el vestuario. Más tarde, Plimpton se enteró por su amigo Archie Moore de un detalle curioso: “Justo antes de salir al ring, Foreman se cogía de la mano con los miembros su equipo, Dick Sadler, Sandy Saddler y Archie, en una especie de oración ritual que habían ido realizando en cada pelea desde que había ganado el campeonato en Jamaica —escribió Plimpton—. Ahora, en Zaire, tenían las manos unidas de nuevo, y Archie Moore, inclinando la cabeza, empezó a pensar que quizás debería rezar una oración por la seguridad de Muhammad Ali. Éstas fueron sus palabras: ‘Rezaba, con todo mi corazón, para que George no matara a Ali. Realmente creía que podía llegar a suceder’”. Lo mismo pensaban los demás.

Foreman llegó al ring. Llevaba unos pantalones de terciopelo rojo con una raya blanca y un cinturón azul. Lo envolvían los colores de la bandera americana, y llevaba botines blancos. Parecía serio, incluso avergonzado, como un chico grande que, en palabras de Archie, “no es consciente de su propia fuerza”. Las letras GF destacaban, cosidas en tela blanca, en el terciopelo rojo de sus pantalones. GF: Great Fighter (‘gran luchador’, en inglés). El árbitro, Zack Clayton, Black y muchas de las personas más respetadas de la profesión, habían estado esperando. George tuvo tiempo de llegar a su esquina, sacudir las piernas, abrazarse a su equipo y pasarse resina por la suela de los botines antes de que los dos boxeadores se encontraran en el centro del cuadrilátero para recibir las instrucciones. Ése era el momento en que cada uno de los contrincantes debía encontrar una forma de atemorizar a su rival. Liston lo había hecho con todos sus contrincantes hasta que se encontró con Ali, que por entonces era un joven Cassius Clay de tan sólo veintidós años pero que ya le devolvió una mirada que iba intrínsecamente ligada a su destino de campeón. Foreman, a su vez, lo había hecho con Frazier y más tarde con Norton. Una mirada furiosa, pesada como la muerte, opresiva como la puerta de la propia tumba cerrándose encima de uno mismo.

Ali le dijo a Foreman (según se supo más tarde): “Has oído hablar de mí desde que eras pequeño. Me has seguido desde que eras un crío. Ahora es el momento de que me conozcas, ¡de que conozcas a tu maestro!”, unas palabras que la prensa no pudo escuchar en aquel momento, pero la boca de Ali se movía en su rostro a treinta centímetros de la cara de Foreman, mirándole a los ojos. Foreman parpadeó, pareció sorprenderse, como si le hubiese impresionado más de lo que se esperaba. Tocó el guante de Ali en un movimiento que parecía decir: “Es tu asalto. Empecemos”.

Norman Mailer (1923-2007) fue uno de los escritores más importantes e influyentes del siglo XX, así como una de las figuras literarias más aclamadas y controvertidas de Estados Unidos. Ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer, y autor de una docena de novelas y 20 libros de no ficción con gran éxito de ventas, escribió también obras de teatro, guiones y miniseries de televisión, centenares de ensayos, dos libros de poesía y una colección de relatos cortos.

© 1975/2016 Norman Mailer. Todos los derechos reservados. Adaptación de la edición de 1997 publicada por Vintage books, división de Random House.