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Estrellas, coches y patillas

Sobre cómo el fútbol se convirtió en parte de la cultura popular en la década de 1970 sin perder pureza
Por Barney Ronay


En la década de 1970 el fútbol no se transformó, sino que más bien se reajustó y su apariencia pública se revistió con una pátina de modernidad. Si hubo algo mágico en esta década de cambio tal vez fue el peculiar sentido de la inocencia reinante; la impresión, aunque efímera, de algo transformado pero todavía puro. El pistoletazo de salida de esa transformación fue la Copa del Mundo de México de 1970, el primer torneo retransmitido en directo en Technicolor en los cinco continentes, y punto álgido de un fútbol expresivo personificado en el gran equipo brasileño de Pelé, Gérson y Jairzinho. Sin embargo, la década de 1970 estuvo dominada por el fútbol europeo.

En esta época de cambios aumentó la venta de periódicos y revistas en Europa y América, se generalizó el televisor en los hogares y se consolidó el magnetismo de la industria del entretenimiento. Si los años cincuenta vieron nacer la figura del adolescente y los sesenta, la de la estrella popular, los setenta fueron una época de mayor promiscuidad de celebridades, cuando la maquinaria de la fama, sedienta de nuevas estrellas, amplió su mirada más allá de los sectores establecidos de la música y el cine y, de forma inevitable, se fijó en el fútbol.

El fútbol también estaba listo. Los futbolistas estaban en la onda, fortalecidos y liberados de las viejas y rígidas estructuras de propietario, representante y entrenador. A principios de la década de 1970, los grandes clubes europeos habían comenzado por primera vez a pagar salarios astronómicos a sus jugadores estrella (un proceso que culminaría con el acuerdo de 1,4 millones de dólares al año para Pelé en el New York Cosmos), a medida que el movimiento entre las mejores ligas se hizo más común y una generación distinta de jugadores alemanes y holandeses inteligentes, carismáticos y, a menudo, agradablemente testarudos comenzó a dominar un estilo de fútbol propio dentro y fuera del terreno de juego.

Incluso en los patrones tácticos, había algo intelectualmente coherente acerca del fútbol europeo de élite cuando se impuso la idea del «fútbol total», la idea de que en el equipo perfecto cada jugador era capaz de jugar en todas las posiciones, ser tanto una estrella como un engranaje de una máquina brillantemente ajustada. A diferencia de la disposición tradicionalmente feudal del fútbol, a cargo de propietarios, directores y entrenadores, en la que los jugadores eran una especie de bienes muebles humanos, el «fútbol total» fue una declaración del poder del jugador ambicioso, una especie de colectivismo fut-bolístico académico.

Con un aspecto impecable, Johan Cruyff fue tal vez el primero de esta nueva generación de futbolistas eurogeniales con su masía catalana, su sobrealimentado Saab y su perfil público franco e inevitablemente político. Nacido y criado en Ámsterdam, donde surgió de la cantera del Ajax para convertirse en la encarnación definitiva del «fútbol total», Cruyff era también famoso por sus juegos de palabras confucianos y un carisma irresistiblemente provocativo. Su fichaje por el Barcelona por 2 millones de dólares (pagados al Ajax) y su salario de 600 000 dólares lo convirtieron en una superestrella.

Franz Beckenbauer, capitán de la selección alemana occidental, tenía una presencia igual de formidable. Beckenbauer, un gran jugador e igual de revolucionario en la posición de líbero, nació en el destruido Múnich de posguerra y pasó a convertirse en el súmmum del futbolista con gran personalidad de la década de 1970, esa casta de jugador estrella que parecía haber sido refundida en una especie de director general en pantalones cortos.

Fue también una época de transformación externa. El futbolista macho alfa de los setenta, más que un beatnik con un balón, parecía un exitoso ejecutivo de agencia de publicidad californiano. Las chaquetas de cuero con grandes solapas, los buenos medallones, los coches de lujo: esta era la parafernalia del nuevo jugador superestrella, fortalecido por una colisión transformadora entre los crecientes medios de comunicación y un deporte en proceso de popularizarse. El patrocinio se difundió por primera vez, un proceso que se inició, en realidad, con el infame acuerdo de Pelé para retrasar el comienzo de la final de la Copa Mundial de 1970 al hacer una pausa para atarse sus botas Puma.

Franz Beckenbauer y el inglés Kevin Keegan anunciaron la colonia Brut y, poco después, Keegan se convirtió en el futbolista más visible del mundo después de su fichaje por el Hamburgo en 1977, donde fue galardonado como el primer «contrato de rostro» de la historia del fútbol.

Günter Netzer encarnó un concepto más controlado del mejor glamour futbolístico. Un creativo centrocampista libre de gran talento y maravillosamente rubio que, cuando no jugaba en el Borussia Mönchengladbach o en el Real Madrid, dirigía su bar llamado Lover’s Lane, coleccionaba Ferraris (a punto estuvo de morir bajo las ruedas de uno) y proyectaba una sensación de delicada y enternecedora frescura pop germana.

La superposición de moda y celebridad hallaría su máxima expresión en la liga de América del Norte. La NASL (North American Soccer League) era una joven liga profesional con mucho bombo publicitario entre cuyas seudofranquicias estaban Team Hawaii, Chicago Sting, San Diego Jaws y, por supuesto, el brillante e irrepetible New York Cosmos. Durante un periodo de dos años, en el que el Cosmos jugó en el estadio de los Gigantes ante 80.000 espectadores, los personajes más famosos frecuentaron el vestuario y Pelé y Beckenbauer vistieron la camiseta del Cosmos, fue el equipo de fútbol más glamuroso del planeta.

Pero la cosa no podía durar. Pelé se retiró en 1977 y la NASL desapareció siete años después, cuando los setenta ya habían dejado paso a un nuevo mundo más depredador. Desde entonces el fútbol ha cambiado de forma radical. Ahora se nos muestra transformado en un fenómeno global del entretenimiento lleno de estrellas, un deporte del todo realizado que a veces solo parece remotamente relacionado con el peculiar estilo delicado de revolcones por el barro de la década de 1970, su última verdadera edad de la inocencia.