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Con luz propia

Por Patt Morrison

¿Cuántas fotografías le han tomado a Barbra Streisand en los últimos años? ¿Miles? ¿Decenas de miles? Cualquiera de ellas refleja solo un momento de su impredecible vida, igual que un fotograma de una película congela solo un fragmento de una escena. Pero hay una imagen que captura algunas de las cualidades perdurables de Streisand. No es la Babs de la década de 1980, con su cabello rizado. No es la Barbra de pelo largo al estilo paje, creadora de tendencias y agitadora política del siglo xxi. Es una imagen de Steve Schapiro que la muestra con medio rostro en sombras, un caracol de chica ingenua, una mirada perdida y esa nariz, la nariz del emperador romano Adriano, que hizo que su voluntad se cumpliera en el gran mundo. También vemos la metamorfosis de Streisand en Hollywood gracias a las cámaras y los ojos de Lawrence Schiller. En realidad deberíamos decir el ojo, ya que perdió el otro un accidente durante su infancia. Schiller ha usado su ojo bueno con más arte y agudeza que la mayoría de las personas con dos. Durante décadas las fotografías de Schiller y Schapiro han plasmado incontables momentos de la historia, buenos y malos; y han mostrado a una Streisand enigmática, hierática, exultante o pensativa, aunque de vez en cuando también a una sencilla y alegre chica de Brooklyn.

Los artistas van y vienen. Sin embargo, el tiempo, las circunstancias, la suerte y su fuerte carácter se han alineado para situar a Streisand al margen de todos esos cambios. Solo Sarah Bernhardt se le puede equiparar en el control magistral de su vida y carrera. Bernhardt también era una fea guapa, con un atractivo poco convencional, una mujer judía que hizo de su carácter independiente la fuente de su poder. En el mundo del cine pocas mujeres lo han intentado. Mary Pickford, la primera estrella mundial del séptimo arte, fundó United Artists en 1919 junto con Charlie Chaplin, D. W. Griffith y su esposo, Douglas Fairbanks. (Cincuenta años más tarde, Streisand, Sidney Poitier y Paul Newman crearían la productora First Artists. ) Pickford había nacido en la época victoriana y, durante su vejez, miraba con el ceño fruncido desde las ventanas del piso de arriba en Pickfair por si sorprendía a alguna mujer que hubiese osado presentarse en un traje pantalón a una comida benéfica en el patio de delante. Si hubiese visto por televisión la entrega de los Óscar de 1969, habría necesitado sales aromáticas cuando Streisand subió al escenario con un osado traje de chaqueta y pantalón de lentejuelas de Scaasi: era la primera vez que una ganadora de la famosa estatuilla acudía a la gala ataviada con pantalones. Su cuello Peter Pan era lo único recatado del conjunto. Para Hollywood. Streisand marcaba su propio camino, hacía las cosas a su manera. El primer álbum de Streisand salió en febrero de 1963, el mismo mes que se publicó el libro de Betty Friedan Mística de la feminidad. Estos dos acontecimientos aparentemente distintos compartían una misma raíz. La llegada de Streisand al escenario nacional coincidió con el nacimiento del movimiento feminista moderno, que exigía que los hombres dejaran de juzgar a las mujeres por su aspecto. Pero ¿y las afiladas lenguas de Hollywood? Esas no le dan ningún miedo. Con su manera directa y franca de abordar todo lo relacionado con el cine, se convirtió en objeto de pullas y comentarios sarcásticos. ¿Qué pensaban de ella los magnates de Hollywood? Solo se preguntaban dónde había ido a parar esa otra chica divertida y humilde que había hecho comedias y había sido capaz de reírse de sí misma antes de que otros lo hicieran. Entonces, igual que ahora, las virtudes de un hombre eran las carencias de una mujer: de un hombre se decía que era firme en sus ideas, pero de una mujer que era mandona; un hombre tenía una opinión crítica, pero una mujer era insidiosa, etc.

Han pasado cincuenta años desde que se estrenó Funny Girl (Una chica divertida) en Broadway y desde que Streisand fuera portada de Time y Life. Al día siguiente del estreno, en el pie de foto que acompañaba la crítica de un periódico, se leía: «Barbra Streisand interpreta a una estrella». Ese verbo fue el correcto solo el tiempo que tardó en secarse la tinta. Desde ese momento y hasta hoy, Barbra Streisand ha sido una estrella por derecho propio.