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Superman va al supermercado

La campaña presidencial de John F. Kennedy en 1960

Los Kennedy dan un paseo triunfal por el «Canyon of Heroes» en la ciudad de Nueva York en un desfile lleno de confeti y serpentinas de colores en su honor. 19 de octubre de 1960. Foto: Cornell Capa
Los Kennedy dan un paseo triunfal por el «Canyon of Heroes» en la ciudad de Nueva York en un desfile lleno de confeti y serpentinas de colores en su honor. 19 de octubre de 1960. Foto: Cornell Capa
11 de julio de 1960. Los recursos de JFK eran muchos y variados pero el más importante fue el de las mujeres Kennedy, empezando por Jackie y acabando con la matriarca, Rose, sin olvidarse de las hermanas —Eunice (izquierda), Jean y Pat— y las cuñadas —Joan y Ethel (centro y derecha). Todas trabajaron duro por la causa, ya fuera en refinadas reuniones para tomar el té o haciendo campaña en los actos electorales. Foto: Jacques Lowe
11 de julio de 1960. Los recursos de JFK eran muchos y variados pero el más importante fue el de las mujeres Kennedy, empezando por Jackie y acabando con la matriarca, Rose, sin olvidarse de las hermanas —Eunice (izquierda), Jean y Pat— y las cuñadas —Joan y Ethel (centro y derecha). Todas trabajaron duro por la causa, ya fuera en refinadas reuniones para tomar el té o haciendo campaña en los actos electorales. Foto: Jacques Lowe
Por Norman Mailer

Nadie tenía grandes dudas de que Kennedy sería el candidato, pero, si salía elegido, no solo sería el presidente electo más joven, sino que sería el hombre con el atractivo más convencional que hubiera ocupado la Casa Blanca y, según algunos, su esposa se convertiría en la primera dama más bella de la historia de Estados Unidos. Era imposible que no volviera a surgir el mito, porque la escena política de América sería también la película favorita de América, el primer culebrón americano, el primer bestseller. […] «Bueno, ahí tenéis a vuestro primer hipster», comenta un escritor que uno conoce en la convención. «Un Sergius O’Shaugnessy rico de cuna», y tienes la tentación de asentir porque podría ser cierto, un héroe de guerra, y el heroísmo es auténtico, incluso excepcional, un hombre que ha vivido con la muerte, que, con una lesión en la espalda, aceptó someterse a una operación que lo mataría o lo devolvería al poder, que decidió casarse con una dama cuyo rostro podía ser demasiado imaginativo para el gusto de una democracia que prefiere que sus primeras damas sean ejecutivas de la gestión en el hogar, un hombre que se expuso al suicidio político al dejarse la piel para conseguir un nombramiento cuatro, ocho o doce años antes de estar preparado, según sus colegas políticos de mayor edad, un hombre que anuncia una semana antes de la convención que los jóvenes están mejor preparados para dirigir la historia que los mayores. Sí, llama la atención. No es el típico candidato que siempre lleva la voz cantante gracias al manual rutinario de seguridad. («Sí», respondió Nixon con naturalidad, pero sumamente cansado, una hora después del nombramiento; las cámaras, focos y micrófonos de la televisión hicieron que el sudor fruto de la fatiga le perlara el rostro, las palabras salieron muy despacio del cansado cerebro, serias, modestas, serenas, lentas, lo bastante lentas para que uno pudiera captar bien la advertencia tras cada una de ellas. «Sí, quiero decir», continuó Nixon, «que todas las aptitudes que poseo las heredé de mi madre», una cansada pausa… un pesado momento de advertencia, «… y de mi padre». Una vez hecha la conexión, el resto sale sin problemas: «… y de mi escuela y de mi iglesia». Hombres como esos son capaces de cualquier cosa.)

Uno tuvo la oportunidad de estudiar un poco a Kennedy en los días posteriores. Su estilo en las conferencias de prensa era interesante. No demasiado popular entre los periodistas (demasiado moderno pero, al mismo tiempo, demasiado difícil de comprender, no recibió ni de cerca los aplausos dedicados a Eleanor Roosevelt, Stevenson, Humphrey o incluso Johnson), se comportaba con una fría elegancia a la que no parecían importarle los aplausos. Su actitud era, en cierto modo, similar a la pose de un buen boxeador, rápido con los puños, cuidadoso con el ritmo y a un paso del rincón cuando la campana ponía fin al asalto.

Sus respuestas dejaban ver una inteligencia ágil, un humor mordaz típico de Harvard, un perspicaz sentido de la proporción al despachar preguntas difíciles a las que siempre daba una respuesta que era suficiente para resultar formalmente satisfactoria sin exponerse a una nueva pregunta que fuera más allá de la primera. […] Sin embargo, había una vaga indiferencia en todo lo que hacía. No daba la sensación de ser un hombre presente en la sala en cuerpo y alma. Johnson se entregaba por completo, era un animal político, respiraba como un animal, sudaba como tal, uno sabía que su mente estaba totalmente centrada en el compendio de maniobras y hechos políticos. Sin embargo, Kennedy a veces parecía un joven profesor cuya actitud era apropiada para el aula pero cuya mente estaba lejos, perdida en los entresijos de la tesis doctoral que estuviera escribiendo.

Quizá se podría explicar esta discrepancia diciendo que era como un actor que había sido fichado para el papel de candidato, un buen actor pero no uno genial, porque eras consciente en todo momento de que el personaje era una cosa y el hombre otra. […] Sin embargo, uno no sabía si debía apreciarse este carácter esquivo o desconfiar de él. Uno podría estar ante la fuerza de una sensibilidad superior o la indiferencia de un hombre que no era del todo real para sí mismo. Y su voz no daba ninguna pista. Cuando Johnson hablaba, uno podía distinguir qué era un fraude y qué era auténtico, había sido un actor digno del mismo modo que lo eran Broderick Crawford o Paul Douglas; uno podía ver sus emociones o al menos parecía que sí podía. Sin embargo, la voz de Kennedy era solo una voz aceptable, demasiado aflautada, casi estridente, que recordaba al chasquido metálico de un grillo en algunos momentos. Era más impersonal que el hombre y, por ello, se convirtió en la cualidad menos impresionante en un rostro, un cuerpo, una elección del lenguaje y un estilo de movimientos que componían una presentación más que decente, mejor de lo esperado. […]

Su calidad personal tenía una intensidad sutil, imposible de describir, una sugerencia de una mordaz vehemencia contenida quizá. Sus ojos grandes, las pupilas grises, el blanco de los ojos prominente, casi impactante, componían su rasgo más convincente. Tenía los ojos de un montañero. Por muy sorprendente que parezca, su aspecto cambiaba según su estado de ánimo y eso hacía que el hombre fuera más interesante que lo que decía. En un momento, parecía mayor de lo que era, como si tuviera 48 o 50 años, un profesor alto y delgado, bronceado por el sol y con un agradable rostro curtido, ni siquiera especialmente guapo, y cinco minutos después, dando una conferencia de prensa en su jardín con tres micrófonos ante él y una cámara de televisión dando vueltas, su apariencia había sufrido una metamorfosis, volvía a parecer la estrella de cine, con el tono de piel vívido, los modales exquisitos, los gestos potentes y rápidos, rebosante de esa concentración de vitalidad que un actor de éxito parece irradiar siempre. Kennedy tenía una docena de caras.

Aunque no se parecían nada como personas, recordaba a alguien como Brando, cuya expresión rara vez cambia pero cuyo aspecto parece pasar de una persona a otra en cuestión de minutos, y hago esta comparación porque, como Brando, el rasgo más característico de Kennedy es el aire reservado y distante de un hombre que ha recorrido cierto terreno solitario de la experiencia, de perder y ganar, de proximidad a la muerte, que lo aísla de todos los demás. […] Cuando hablé con un hombre que había estado con Kennedy en Hyannis Port la semana previa a la convención, me enteré de que se encontraba en un estado de profunda fatiga. «Bueno, no parecía cansado en la convención», comentó uno. «Oh, tuvo tres días de descanso. Tres días de descanso para él son como seis meses para nosotros.» Uno piensa en las tres millas nadando con el cinturón en la boca y McMahon sujetándolo detrás de él. Hay pestilencias que se quedan en la boca y pudren los dientes. En esas cinco horas, hasta qué punto tuvo que haber sido reconstruida la psique, para dar rienda suelta a la fuerza de las mandíbulas y, aun así, usar esa rabia para salvar una vida: hay muy pocos hombres que tengan la impresión apocalíptica de que el heroísmo es el Primer Doctor.

Si uno tenía una profunda crítica contra Kennedy era que su mente pública era demasiado convencional, pero eso parecía importar menos que el hecho de tener un hombre así ocupando el cargo porque la ley de la vida política se había vuelto tan aburrida que solo una mente convencional podría ganar las elecciones. De hecho, no podría haber ningún político que pudiera dar calidez al cuerpo de uno hasta que el país no hubiera recuperado su imaginación y su ansia pionera por lo inesperado e incalculable. En los cambios que vendrían después era en lo que uno podía tener esperanza. Con un hombre así al cargo, podría volver a retomarse el mito de la nación, y el hecho de que fuera católico provocaría una primera vibración de conciencia existencial en la mente del protestante blanco. Por primera vez en nuestra historia, el protestante tendría el dolor y el lujo creativo de sentirse, mínimamente, parte de una minoría, y esa era una experiencia que sería de un valor inconmensurable para la mayor parte de ellos.