Su cesta
0 artículos
Subtotal0 US$

Su cesta está vacía.


¿No tiene una cuenta?
Entrar

¿Ha olvidado su contraseña?


Bienvenidos al país de los sueños de Little Nemo, ¡en tamaño gigante!

El triunfo de un artista adelantado a su tiempo

¿Camas andantes? ¿Ciudades dormitorio superpobladas en Marte? ¿Efectos visuales tipo zoom varias décadas antes de que se inventara este tipo de lentes? A comienzos del siglo xx, la pluma de Winsor McCay (1869-1934) estaba desbocada. Dibujaba lo que le pasaba por la cabeza, y lo que dibujaba cobraba realismo a ojos de millones de lectores. La energía del comienzo de un nuevo siglo emergió de esta pluma menuda del New Yorker a través de un disegno de fantasía y efectos especiales. Es inevitable ver a Winsor McCay como un genio que sentó precedente. No solo llevó el cómic a un nivel completamente nuevo con inventos pictóricos experimentales y puso los cimientos de la narración por episodios, sino que también inventó el cine animado y amplió sus prestaciones con innovaciones técnicas que estuvieron vigentes hasta bien entrada la época de Walt Disney.

Además, la elección de las temáticas convirtió a McCay en un hombre adelantado a su tiempo. Dos de sus libros principales, Little Nemo in Slumberland y Dream of the Rarebit Fiend, hablan de sueños o pesadillas. Aunque solo sea por su ingente volumen, estas tiras cómicas ya merecen todo el reconocimiento: 549 episodios en color de Little Nemo y más de 900 en blanco y negro de Rarebit Fiend, lo que se traduce en casi 1.500 sueños en poco más de dos décadas. Más aún, la extravagante obra onírica de McCay comenzó en 1904, casi a la par que la primera edición de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, que se publicó poco antes de 1900. Freud y McCay desconocían el trabajo del otro, y la influencia cultural de La interpretación de los sueños de Freud no empezaría a dar frutos hasta la publicación de la primera edición en inglés (1913) y la primera traducción al francés (1926). Dicho esto, la obsesión de McCay por ilustrar el subconsciente resulta aún más sorprendente, y la ignorancia de la historiografía artística, que sigue haciendo caso omiso impunemente a los primeros surrealistas del siglo xx, más vergonzosa aun. En rigor, las antologías del surrealismo deberían empezar por Winsor McCay, no por el Manifiesto del surrealismo de André Breton de 1924. Veinte años antes que Breton, McCay dio a conocer al público los mecanismos fantásticos de los sueños y supo representar el poder corrosivo de nuestros instintos reprimidos. ¿Tanto le cuesta admitirlo a la historia del arte? ¿Solo porque «no es más» que un cómic y no un óleo sobre lienzo? A principios del siglo xx, el cómic no era un tema de segunda deficitario dentro del extravagante popurrí del mundo del espectáculo, sino todo lo contrario. El cómic fue el primer medio visual de masas de comienzos de siglo y contribuyó en gran medida a la democratización de la imagen. El cine, que surgió en la misma época, seguiría un tiempo estancado por la limitación de sus prestaciones técnicas y la modesta cantidad de espectadores que podía congregar. Por el contrario, gracias al ritmo vertiginoso de las imprentas más vanguardistas, el cómic llegó a millones de lectores de prensa. En concreto, la pujante «prensa amarilla» diaria de Estados Unidos demostró un interés especial por las historietas. Las ediciones dominicales ya eran más populares que las de los días laborables, pero si además se les añadía un pliego de tiras cómicas el atractivo del periódico se incrementaba considerablemente.

Los periódicos se convirtieron en una auténtica mina, sobre todo si llevaban suplementos de tiras cómicas. Los lectores no compraban los que contaban con la mejor sección de deportes o tenían la cartelera más al día, sino los que tenían a los mejores dibujantes de cómic en plantilla. Por aquel entonces se valoraba mucho la intervención de los creadores para aumentar el valor añadido de su trabajo. Los primeros cómics giraban en torno al autor, no el productor. Los personajes pertenecían al dibujante que los había creado, y no solo las tiras cómicas lograron llenar un nicho de mercado, sino que también reportaron a los artistas prestigio social y salarios astronómicos.

La población de las metrópolis de Estados Unidos no paraba de crecer con la entrada de hasta 2.000 inmigrantes diarios procedentes del Viejo Mundo. Buscaban desesperadamente comida, trabajo y un techo para resguardarse. Pero en cuanto tenían las necesidades cubiertas, los nuevos ciudadanos pedían diversión y entretenimiento. La radio aún no se había inventado y el cine se consideraba una atracción de feria. Museos y teatros permanecían a buen recaudo a manos de la élite de clase media. Era un mundo vetado al lumpenproletariado, sobre todo porque también carecían de dinero para participar del mundo artístico. Así las cosas, lo único que podían permitirse eran gabinetes de curiosidades disfrazados de museos de mala muerte, vodeviles, espectáculos de fenómenos de feria y entretenimientos secundarios, cómics incluidos.

Los mejores recursos de producción de la época y las imprentas más caras vistas hasta entonces no se pusieron en marcha para imprimir catálogos de exposición ni libros de fotografías para entendidos, sino tiras cómicas.

Una editorial grande podía imprimir hasta 1,5 millones de ejemplares de sus ediciones de prensa… ¡al día! Y hacia 1900, solo en Nueva York había al menos 15 oficinas de editoriales de prensa que se disputaban el favor de los lectores. Era lo nunca visto: ilustraciones muy atractivas en color para un público extremadamente amplio y por muy poco dinero.

Hoy día, nuestro mundo mediatizado nos lleva a «consumir» cientos, si no miles, de textos e imágenes a diario por pura rutina porque una cantidad infinita de material nuevo parece surgir al minuto. Todo comenzó con la aparición de las tiras cómicas a principios del siglo xx. Esta manifestación artística reciente despertó una sensación parecida a la fiebre del oro. Los editores sencillamente no se creaban expectativas acerca de los dibujantes, porque en realidad nadie sabía qué temáticas calarían en el público y cuáles no. Además, el cómic había surgido en un ámbito muy alejado del mundo del arte tradicional de la clase media. Era tan exclusivo como artísticamente alentador, porque no daba cabida a la etiqueta de las formas de entretenimiento dignas de mención para la prensa nacional. El cómic vivía al límite de la anarquía y se tomó libertades que otras manifestaciones artísticas no podían permitirse si querían evitar poner en riesgo su reputación. A la vanguardia estaba Winsor McCay.

De modo que su obra no solo es una explosión de creatividad, fantasía surrealista y majestuosidad art déco, sino también un cuadro costumbrista de una sociedad al filo de la transformación. Más alto, más rápido y más lejos, el comienzo del siglo xx se superó con creces. Las ferias de muestras internacionales batían un récord de público tras otro y los nuevos inventos dejaban sin habla al personal. Los parques de atracciones de Coney Island asombraban a los visitantes y prometían emociones cada vez más fuertes. Los escenarios de Broadway no solo eran los más grandes del mundo, sino que incluso podían llenarse de agua para albergar espectáculos acuáticos de elefantes nadadores. En 1908, la versión musical de Little Nemo de McCay se convirtió en el espectáculo más complejo y caro de la industria.

Sin embargo, la sociedad de la comunicación multimedia de textos e imágenes en la que vivimos ha herido de muerte al cómic en papel. Las espléndidas páginas a todo color de los dominicales de los grandes periódicos de Estados Unidos tienen los días contados. ¿Qué hay de las grandes iniciativas para rescatar y proteger la época dorada del cómic, y darlo a conocer a las generaciones futuras como parte de nuestro legado cultural?

He aquí una de estas iniciativas. La versión íntegra de Little Nemo in Slumberland de Winsor McCay. Por primera vez desde que se publicó, la serie más famosa de McCay está disponible en un solo volumen que contiene los 549 episodios que se publicaron de 1905 a 1927. Restaurados, sometidos a corrección del color y en formato extragrande para no perder ningún detalle. La reimpresión se complementa con un libro que revive los albores del siglo xx a través de más de 600 fotografías adicionales, revela dibujos originales y ofrece una introducción exhaustiva a la vida y la obra de Winsor McCay. Una oportunidad única para descubrir todos los secretos de McCay y Little Nemo. Esta edición acredita a Winsor McCay como uno de los exponentes principales de la historia cultural del siglo xx. Little Nemo ha vuelto y va a tardar una eternidad en perder protagonismo. Por fin le ha llegado el reconocimiento que merecía.