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Gold

Conversación entre Sebastião Salgado y Alan Riding

Ante un público de invitados, Sebastião Salgado se sentó recientemente con su viejo amigo y excorresponsal del New York Times Alan Riding para hablar sobre su nuevo libro, GOLD, un documento extraordinario sobre la mina a cielo abierto de Serra Pelada, en el norte de Brasil, donde decenas de miles de hombres arriesgaban la vida y las extremidades por el sueño de la riqueza instantánea.

AR: Tomaste estas fotos en 1986, y algunas se publicaron entonces. ¿Por qué has esperado tanto para reunirlas en un libro?

SS: Fui a Serra Pelada como parte de un proyecto fotográfico llamado Trabajadores, que mi esposa Lélia y yo imaginamos como una historia sobre el final de la primera revolución industrial. Pasé seis años fotografiando a hombres y mujeres que todavía producían con sus manos, y esta mina fue uno de los lugares que visité. Cuando fui, había unos 52.000 hombres trabajando en un agujero del tamaño de dos estadios de fútbol y 100 metros de profundidad. Publicamos diez o quince fotografías de la mina y seguí con mis viajes. Después de Trabajadores hice otro libro, Éxodos. Y después de Éxodos hice Génesis, pero nunca abandoné la idea de que en esa mina de oro había una gran historia. Hace tres años, cuando me rompí la rodilla y tuve que dejar de trabajar durante seis meses, volví a mis hojas de contacto y vi que teníamos una historia de verdad. Esas imágenes habían permanecido dormidas durante casi treinta años. Las desperté.

AR: Serra Pelada llevaba activa unos años cuando la visitaste. ¿Por qué no fuiste antes?

SS: Descubrieron la mina en 1980, el primer año en que Lélia y yo pudimos regresar a Brasil después de casi once años de exilio en los que abandonamos el país por razones políticas durante la dictadura militar. Quería ir a la mina porque todos los fotógrafos iban allí, pero el régimen militar no me lo permitía. Lo mismo sucedió en 1981, en 1982, y así sucesivamente. Al final, en 1986 el Gobierno federal abandonó el control de la mina y la dejó en manos de una cooperativa formada por los primeros buscadores, y me dieron permiso para ir.

AR: ¿Cómo funcionaba la cooperativa?

SS: La cooperativa había delimitado pequeñas parcelas de dos por tres metros, y los primeros buscadores que llegaron tenían derecho a un terreno de ese tamaño. Como la mayoría no podía pagar a los cavadores, tenían que encontrar a un “capitalista” que pusiera el dinero. El propietario compartía las ganancias al 50 % con el “capitalista”. Para abrir el suelo y ver si había oro, cada uno empleaba a 40 hombres. Cuando llegué allí, había unas 1.200 parcelas, lo que significa que había más de 50.000 personas trabajando.

AR: ¿Fue como esperabas?

SS: No había hoteles, tenías que buscarte la vida. La mayoría de los periodistas solo iban un día. Yo pensaba quedarme más de un mes, así que necesitaba un lugar donde dormir y comer. Un buen amigo de mi padre de nuestra región del Vale do Rio Doce, en Minas Gerais, lo había vendido todo y adquirido un terreno en Serra Pelada. Aceptó hospedarme, y así conseguí un lugar donde colgar una hamaca bajo un techo de lona. Cuando llegué y pude contemplar ese agujero, vi a una gran cantidad de personas trabajando sin ningún tipo de máquina, cavando a mano. Pensé: “¡No es posible!”. Tenía las minas del rey Salomón ante mis ojos. El ruido de los picos al impactar contra el suelo era como el sonido de las almas de los cavadores. Eran esclavos del oro.

Mina de oro de Serra Pelada, estado de Pará, Brasil, 1986
© todas las fotos: Sebastião Salgado
Mina de oro de Serra Pelada, estado de Pará, Brasil, 1986
© todas las fotos: Sebastião Salgado


AR: ¿De dónde procedían todas esas personas?

SS: De todo Brasil. Había trabajadores de granjas y fábricas y también universitarios, personas de todos los niveles culturales y educativos que estaban allí por el oro. Cuando contraes esta enfermedad llamada “fiebre del oro”, no puedes librarte de ella. Te voy a contar una historia: en 1979, trabajaba en la Guayana Francesa en una mina de oro abandonada. Los que vivían allí antes de que se cerrara tenían permiso para quedarse, pero nadie más podía entrar. Conocí a un anciano de Santa Lucía que tenía más de 85 años. Era tan pobre que ni siquiera llevaba pantalones. Me dijo: “Estoy seguro de que pronto encontraré oro y regresaré a Santa Lucía con mi esposa e hijos”. Los había dejado en 1936. Eso es lo que el oro hace contigo.

AR: Cuando llegaste a Serra Pelada, ¿qué pensaron de ese desconocido rubio y con barba?

SS: Nada. En algunas de las fotografías se pueden ver personas con el pelo rubio cubiertas de barro. Brasil es una mezcla de todo. Los holandeses invadieron el noreste de Brasil dos veces y dejaron muchos rubios a su paso. Pero cuando llegué a Serra Pelada, tuve un problema diferente. Al igual que mi familia, el amigo de mi padre procedía del valle que dio nombre a la compañía Vale do Rio Doce, una de las empresas mineras más grandes del mundo, que tenía la concesión de Serra Pelada. Cuando dijo que venía del valle, los mineros pensaron que la empresa me enviaba para espiarlos, y unos minutos después de llegar al borde del agujero todos dejaron de trabajar y comenzaron a dar golpes con sus hachas y picos y a hacer mucho ruido. Me puse a sacar fotos mientras bajaba, pero cada hombre cargado con una bolsa de barro me golpeaba al pasar. Al cabo de 20 metros, yo y mis cámaras estábamos completamente enfangados. Un policía me vio y dijo: “Oye, gringo, enséñame tu pasaporte”. Le dije que no tenía pasaporte, así que me puso las esposas y me sacó de allí a la fuerza. Los mineros sabían que a ningún agente de la compañía lo iban a tratar de esa manera, y cuando vieron lo que pasaba empezaron a increpar al policía. El tipo me llevó ante su superior, que se dio cuenta rápidamente de que yo era brasileño, ordenó que me liberasen y me pidió disculpas. El caso es que cuando regresé a la mina una hora después todos aplaudieron. A partir de ese momento, me aceptaron con total normalidad.

AR: La presencia policial era probablemente necesaria pero también complicaba las cosas.

SS: Había una tensión enorme. A veces, un policía mataba a un minero y, como había muchas piedras alrededor, algunos policías murieron apedreados. Los ánimos estaban muy caldeados entre ellos. Pero había otro aspecto: como los policías podía llevar un arma, se sentían superiores a todos esos tipos cubiertos de barro. Pero los mineros no lo vivían así. ¿Por qué? Porque para ellos cada día era una lotería. Mientras cargaban sacos de barro eran potencialmente ricos, millonarios en potencia, mientras que los sueldos de los policías eran una miseria.

AR: ¿Puedes describir tu rutina diaria en Serra Pelada?

SS: Cuando alguien está haciendo una película tiene un guion, sabe lo que hará todos los días. Como fotógrafo, sabes adónde vas pero no lo que encontrarás. Somos completamente libres. Subía y bajaba varias veces al día. El único problema era bajar: la pendiente era empinada y muy resbaladiza, y la mejor manera de moverse por ella era a la carrera. Si te detenías, podías resbalar hasta el fondo del agujero. Recuerda que yo era joven entonces. ¡Ahora tengo 75 años!

AR: ¿Presenciaste accidentes?

SS: Vi a un chico morir cerca de mí. Otro resbaló en una escalera de mano y arrastró a dos o tres hombres con él. Hubo muchos accidentes pero no había asistencia médica. Era parte del riesgo. Cuando estás en una guerra sabes que estás en una guerra. Lo mismo pasaba allí.

AR: Eran tiempos predigitales, y usabas película. ¿Cómo la protegías del barro?

SS: Eso no fue un problema. Cuando necesitaba cambiar la película simplemente paraba y lo hacía. Llevaba tres Leicas y trabajé con objetivos de 28, 35 y 60 milímetros. Los necesitaba porque en esos días los objetivos zoom no eran muy buenos. Hoy son perfectos.

AR: Cuando nos conocimos en México en 1980, hacías fotos en color, como la mayoría de los fotógrafos de entonces. En Serra Pelada trabajaste en blanco y negro. ¿Por qué?

SS: En México ya estaba trabajando en mi primer libro, Otras Américas, pero no tenía dinero. Siempre llevaba carretes en color por si me ofrecían un trabajo, nadie me pedía que sacara fotos en blanco y negro. Pero mis proyectos personales siempre han sido en blanco y negro.

AR: ¿Por qué lo prefieres?

SS: Me resulta complicado hacer fotos en color. Si hay un poco de rojo por allí y otro color por allá, cuando se muestren las fotos esos puntos se verán primero, y no tu personalidad, tu expresión, tu dignidad. En cualquier caso, el blanco y negro es una abstracción, y cuando entro en esa abstracción todos esos grises no me parecen blanco verdadero o negro verdadero. Con los grises puedo concentrarme en tu cara.